Por Timo Dorsch y Moritz Krawinkel
medico no trabaja en Venezuela ya desde el año 2019. Un proyecto con la red de cooperativas Cecosesola, que posibilita a sus miembros el acceso a la salud y a alimentos con precios asequibles, terminó después de una fase de prueba: la improvisación exigida a l@s cooperativistas en el día a día post chavista, resultó simple y sencillamente incompatible con la documentación del uso de donativos requerida en Alemania. Lo que permaneció fue el aprecio mutuo, así como el diálogo en torno a la situación en Venezuela. A pesar de este flujo de información, el ataque a la soberanía de Venezuela y el secuestro de su presidente Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores a comienzos de enero nos tomaron por sorpresa. La acción militar pareciera una reedición de la política intervencionista estadounidense del siglo XX en Latinoamérica; sin embargo, pese a la similitud de los métodos, el golpe de Estado en Venezuela se produjo en un contexto geopolítico distinto.
El ataque fue posible gracias a la amplia movilización de tropas estadounidenses en el Mar Caribe; en retrospectiva, el asesinato extrajudicial de más de cien personas por parte de la Marina estadounidense frente a las costas venezolanas puede leerse como un preludio violento. A este respecto, la Carta de las Naciones Unidas condena claramente este tipo de acciones, así como también las guerras de agresión: el Artículo 2 prohíbe el uso de la fuerza en contra de la soberanía territorial de otros Estados, mientras que el Artículo 51 permite la legítima defensa exclusivamente en caso de un “ataque armado”, con la intervención del Consejo de Seguridad de la ONU. Para legitimar el uso de la fuerza militar, Trump utilizó una demanda interpuesta en marzo de 2020 frente a una corte estadounidense en contra de Maduro por tráfico internacional de drogas y “narcoterrorismo”, si bien aún no está claro cómo puede definirse este cargo en términos jurídicos. Especialmente cuando la equiparación del narcotráfico con el terrorismo es más una retórica populista que una categoría jurídica. La “guerra contra el terror” se cruza con la “guerra contra las drogas”: más eslóganes, imposible.
Contra China
A comienzos de diciembre de 2025, el gobierno estadounidense dio una muestra más de la arbitrariedad con que maneja su “guerra contra las drogas” con el indulto otorgado por Donald Trump a Juan Orlando Hernández, ex presidente de Honduras, que había sido condenado en el verano de 2024 a 45 años de cárcel bajo cargos de narcotráfico por una Corte de Nueva York. Por un lado, el tráfico de cocaína proveniente de Venezuela, comparativamente pequeño, se dirige en su mayoría hacia Europa; por otro lado, la gran parte de la cocaína destinada al mercado estadounidense viene de Ecuador, cuyo presidente, un simpatizante de Trump, no ha sido hasta ahora objeto de ofensivas militares. Por su parte, el fentanilo, responsable de la mayoría de las muertes relacionadas con el uso de drogas en Estados Unidos, proviene principalmente de México.
No obstante, el gobierno estadounidense construye la justificación para invadir el territorio de Estados soberanos mediante la formulación de una “legítima necesidad de seguridad nacional” en medio de un supuesto entorno de inseguridad a nivel continental, tal y como remarcó hace poco la administración Trump en la más reciente versión de la estrategia de seguridad de EE.UU. En el documento se hace una referencia directa a la doctrina Monroe del siglo XIX, según la cual este país se reservaba el derecho de actuar en contra de “potencias extranjeras” en el hemisferio occidental. Esto representa un claro mensaje a China, país que no sólo mantiene estrechas relaciones económicas con Venezuela y es el principal comprador del petróleo de este país, sino que, en el marco de su política de la “nueva ruta de la seda”, también ha profundizado sus relaciones económicas con muchos países latinoamericanos en años recientes.
De este modo, el ataque a Venezuela es una de múltiples violaciones a la soberanía de países de la región, que tienen como objetivo la imposición de intereses particulares: Trump ejerció influencia en las elecciones en Honduras y Argentina en favor de políticos derechistas, mientras que también impuso sanciones en contra de un juez brasileño involucrado en el juicio del ex presidente Jair Bolsonaro. A esto se suman los drones del ejército estadounidense sobrevolando México, así como las flagrantes amenazas de intervención para combatir a los cárteles de la droga y una política arancelaria en general hostil en contra de Estados latinoamericanos. La agresividad creciente de la política estadounidense, por tanto, tiene como uno de sus principales objetivos el hacer retroceder la gran influencia de China en la región.
Soberanía o sumisión
En Venezuela, los intereses estadounidenses se centra sobre todo en el acceso a las mayores reservas de petróleo en el mundo. Nunca antes de habían expresado los intereses del Estado y del capital por recursos de otros países de manera tan cruda como ocurrió días después de los ataques; el gobierno de EE.UU. amenazó abiertamente a la presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez, con llevar a cabo más acciones militares si es que esta decidía obstaculizar el avance de los intereses estadounidenses. Lo nuevo es la constatación de que EE.UU. toleran a la chavista en el cargo, con un pragmatismo que ha despertado un gran malestar en la derecha latinoamericana, principalmente en la venezolana. Pues, al fin y al cabo, la líder de la oposición derechista llegó a entregar su recién obtenido Premio Nobel de la Paz a Donald Trump para ganarse su favor y dar muestra de su sumisión. No obstante, y contrario a lo que ella esperaba, la política exterior de Trump no se basa tanto en la ideología: en ella, gana quien ofrezca el mejor trato. Recientemente, algo similar le ocurrió al presidente colombiano Gustavo Petro, a quien Trump había tachado de “líder del narcotráfico” apenas poco tiempo atrás; por su parte, Petro había criticado el secuestro de Maduro de manera enfática. No obstante, después de una conversación en la Casa Blanca, en la que Petro se comprometió a brindar su apoyo en el combate al narcotráfico, el tono se volvió repentinamente conciliador: “Nos entendimos muy bien”, declaró Trump y, con ello, la así llamada Latinoamérica progresista dio un respiro de alivio.
Con excepción de Cuba, sometida desde hace décadas a un bloqueo ilegal por parte de EE.UU. y que en los últimos años había conseguido mantenerse a flote únicamente gracias a las importaciones de petróleo desde Venezuela. Estas fueron suspendidas tras el secuestro de Maduro y, desde entonces, la ya de por sí precaria situación de la isla se ha deteriorado drásticamente; se ha introducido un racionamiento de combustible, utilizado principalmente en el sector de la salud así como en la producción de electricidad y alimentos. Una invasión militar, temida por muchxs, parece obsoleta en vista de la presión social que crece día con día en el país. México podría brindar apoyo, pero Trump mantiene amenazados a todos los países que busquen romper el bloqueo; para México, cuya economía está conectada con la de EE.UU. como ninguna otra en Latinoamérica, la aplicación de sanciones tendría consecuencias desastrosas. Por ello, la reacción de la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum ha sido bastante tímida y, si bien ha prometido el envío de ayuda humanitaria, ha dejado fuera el petróleo.
Mientras la derecha latinoamericana se muestra dispuesta a aceptar su papel de vasallo de EE.UU., celebrando abiertamente su cercanía con Trump, la situación resulta complicada para los movimientos sociales, así como para los últimos gobiernos progresistas de la región. No existen estrategias ni perspectivas políticas en común; los tiempos de una integración latinoamericana de izquierda, tal y como la impulsaron Hugo Chávez y Lula da Silva a comienzos de la primera década del siglo XXI, son desde hace mucho cosa del pasado. La reacción de Brasil se basa en una orientación cada vez más marcada hacia los otros países BRICS y la Unión Europea, en un intento de salvaguardar su independencia. Resulta poco probable que un gobierno de izquierda continuaría por ese camino; es por ello que las elecciones presidenciales en Colombia y Brasil, a realizarse este año, determinarán el rumbo a seguir en el futuro.
Pleitesía europea
Mientras los gobiernos de México, Brasil y Colombia al menos se posicionaron como defensores de un orden internacional basado en reglas –aunque sin márgen de maniobra debido a su limitada influencia en el tablero internacional–, lxs mandatarixs europexs hicieron justo lo contrario. Desde luego que no es posible relativizar los errores políticos, la corrupción o la violencia del régimen de Maduro; los proyectos de transformación social como el chavista no sólo son vulnerables ante los ataques externos, sino también a sus contradicciones internas. Sin embargo, la condena –o mejor aún: el castigo– al ataque por parte de EE.UU. debería darse por sentado. No obstante, como en el caso de su apoyo al genocidio en Gaza, los gobiernos europeos no quieren saber nada de una “política exterior guiada por valores” cuando son sus aliados quienes violan flagrantemente en derecho internacional. No se escucharon condenas reales desde Londres, París, Roma o Berlín. Al contrario: Keir Starmer, Emmanuel Macron, Giorgia Meloni, así como Friedrich Merz, dejaron claro una vez más con sus reacciones que, en última instancia, cerraron filas con una política estadounidense a todas luces contraria al derecho internacional. Con ello, contribuyen a que las instituciones del derecho internacional sigan perdiendo relevancia.
Dominio en vez de diálogo, intereses en lugar de valores y una lógica de amigo-enemigo cada vez más marcada. Entramos en una época de simplificación absoluta, en la que se eliminan los tonos y los espacios intermedios, con consecuencias negativas aún imprevisibles para una política en pos de la igualdad para todxs y de una vida en dignidad: una política en común de medico y nuestrxs antiguxs compañerxs de Cecosesola.
Timo Dorsch es el responsable de prensa de medico y está a cargo de la comunicación para Sudamérica.
Moritz Krawinkel dirige el área de comunicación de medico international. Además, forma parte del equipo de redacción y es responsable de la comunicación para Centroamérica y México.

