Entrevista

Los destructivos dolores fantasma

5 ago 2026   Tiempo de lectura: 12 min

La filósofa Eva von Redecker busca las causas del ascenso global de fuerzas autoritarias.

Según von Redecker, el núcleo del nuevo fascismo radicaría en un desatado afán de poseer, cuya defensa pasa por encima de cadáveres; ella explica qué significa que “lxs demás no cuenten como personas, sino como cosas” y que “lxs enemigxs no sean rivales, sino ladronxs”, en una entrevista realizada en la sede de medico, en Frankfurt, en el marco de la gira de presentación de su nuevo libro “Dieser Drang nach Härte”.

medico: Tú escribes en tu nuevo libro que el “fascismo consiste en la ‘defensa liquidadora de una propiedad fantasma’”. Unx no puede sino rascarse la cabeza y preguntarse: ¿Cómo, perdón? 

Eva von Redecker: El concepto de propiedad fantasma no surgió de repente, sino hace casi diez años, cuando buscaba entender por qué distintos movimientos de derecha –sobre todo en el discurso anti género– se comportaban como si padecieran de un dolor fantasma. Frecuentemente, estas personas despiertan la impresión de que algo les hubiese sido arrebatado; sin embargo, su relación con esta supuesta pérdida está marcada por la violencia. No se trata para nada de un tesoro al que unx defiende y trata con cuidado, sino más bien parece que como si les hubieran quitado su saco de boxeo; se trata entonces de “algo” que busca poseerse para entonces dominarlo. 

Esto parece anticuado, pues hoy en día ya no vivimos en una sociedad en la que algunas personas son oficialmente propiedad de otras, algo que constituyó una de las grandes conquistas de los movimientos emancipatorios. Sin embargo, esa pretensión de querer poseer a otrxs no ha desaparecido en absoluto. Algunas personas, por ejemplo, creen estar en posición de decidir quién pertenece al paisaje urbano o quién lo transforma de manera negativa. Precisamente a este ilusorio poder de disposición es a lo que llamo propiedadfantasma. 

Al mismo tiempo, la noción moderna de propiedad va demasiado lejos: quien es propietarix puede, básicamente, hacer con su propiedad lo que le plazca, incluso destruirla. La naturalidad con que se asume esto puede verse, por ejemplo, en el caso de corporaciones como RWE, a las que se les permite destruir paisajes enteros. 

¿Y el aspecto “liquidador”?

Por mucho tiempo entendí el autoritarismo como la promesa política de defender esta propiedad fantasma, así como de restituir las pretensiones de dominación perdidas. Esto se muestra, por ejemplo, en la política fronteriza, en la construcción de muros, en la “defensa de la familia” o en la afirmación de que el feminismo exagera en sus demandas. 

En años recientes, algo nuevo se ha sumado. La defensa ya no se limita al cierre de las fronteras o a la protección de la propiedad, sino que cada vez más está dirigida en contra de enemigxs demonizadxs, deshumanizadxs, de supuestxs saqueadorxs a lxs que hay que liquidar. Es en este punto que yo hablo de fascismo. 

Esta relación triangular entre propietario, objeto y abyecto es abstracta, pero precisamente por ello puede explicar con qué flexibilidad opera la movilización de la derecha: hoy se dirige contra drag queens, mañana contra las bombas de calor. Los enemigos concretos cambian constantemente, pero la estructura subyacente sigue siendo la misma. Adorno ya había afirmado que “las víctimas pueden ser sustituidas mediante otras imágenes del enemigo”. 

Con el concepto del “carácter posesivo”, desarrollas una perspectiva que va más allá de las explicaciones brindadas por la teoría crítica clásica. ¿Qué significa este concepto?

La Escuela de Frankfurt intentó formular una respuesta a la pregunta de por qué las personas actúan en contra de sus propios intereses o, por poner un ejemplo, por qué la clase trabajadora apoya a movimientos fascistas, cuando estos en última instancia la van a perjudicar. 

Según su explicación, las personas sufren bajo la presión de la adaptación: viven en una sociedad que promete igualdad, pero que no cesa de producir lo contrario. Esto hace posible que las frustraciones se descarguen en impulsos autoritarios o sádicos. Si bien esto explica mucho, deja sin respuesta las preguntas de por qué estas agresiones se dirigen con tanta frecuencia en contra de determinados grupos y por qué aparecen discursos conspirativos tan similares una y otra vez. 

En este punto interviene la psicoanalista Elisabeth Young Bruehl, interpretando la violencia como una reacción defensiva: una psique inestable intentando vencer la presión interna, mandándola al exterior y encontrando un objeto para ella. Resulta interesante que estos mecanismos de defensa poseen una fuerte semejanza con la lógica de la propiedad. ¿Quién si no el propietario puede controlar, establecer fronteras y excluir a otrxs?

¿Cómo se expresa esta relación hoy en día? 

La idea fundamental de la sociedad burguesa es que somos libres puesto que somos dueños de nosotrxs mismxs. No obstante, esta relación consigo mismx es contradictoria: ¿cómo puede una persona ser dueña de sí misma? ¿Dónde comienza y dónde acaba esta relación de propiedad?

Justamente aquellxs a quienes históricamente se les ha atribuido en especial esta noción de soberanía –por ejemplo, hombres blancos burgueses– se hallan bajo la presión de restablecer este control una y otra vez; este control puede expresarse sobre los territorios, sobre las nociones de familia o mediante la exclusión de otros grupos sociales. 

Un ejemplo es el debate en torno a la migración. Cuando alguien percibe una supuesta alteración del orden en el espacio público y deduce que el problema es causado por un grupo en particular, esto no representa una descripción objetiva de la realidad; se trata más bien de una estabilización psicológica, de una sensación de pérdida de control que es proyectada hacia afuera. 

Si bien deseo que todas las personas puedan tener acceso a una buena atención psicológica –incluyendo a personas de derecha–, no creo que unx pueda librarse de ideologías derechistas mediante terapia. La pregunta decisiva es: ¿Cuáles son las relaciones sociales que producen estos síntomas?

En vista de los acontecimientos sociopolíticos actuales, ¿podría decirse que el gobierno alemán está “liquidando” al Estado social? ¿Podría considerarse ya como fascismo?

La supresión del Estado social es, ante todo, una forma de política neoliberal que destruye el futuro y arruina las condiciones de vida. Es precisamente por ello que esta política crea condiciones que facilitan el afianzamiento de una política fascista. 

No obstante, hay momentos de retórica fascista en el desmantelamiento del Estado social, por ejemplo en la incitación al odio en contra de quienes supuestamente no trabajan lo suficientemente duro o, muy en particular, en contra de personas que padecen enfermedades crónicas. Ahí ya no sólo se trata de una política de austeridad, sino que trae consigo un excedente sádico que da la impresión de que también se busca castigar a alguien. 

A pesar de ello, no calificaría de fascista a toda política antisocial; unx puede y debe oponerse a ella por el simple hecho de que es, precisamente, antisocial.

Lo decisivo está en otra parte: cuanto más se desvanece la seguridad material, más se aferran las personas a esos escenarios imaginarios en los que aún creen poder ejercer dominio sobre algo. La propiedad fantasma se vuelve más atractiva cuando se pierden las perspectivas reales sobre el futuro. 

Hoy en día, experimentamos estos miedos a la pérdida en varias esferas a la vez: en la ecológica debido a la crisis climática, en la social con el desmantelamiento de los sistemas públicos de protección. Al tiempo en que aumenta la cifra de fallecidxs por calor, se implementan recortes destructivos en el sistema de salud. Situaciones como esta generan miedos difusos y es precisamente ahí donde una política fascista puede conectar. 

A ello se suma algo inédito, históricamente hablando: este es el primer fascismo en la época del capitaloceno. La política fósil, el rearme militar y la destrucción de los fundamentos ecológicos de la vida inscriben una violencia mortal directamente en el futuro del planeta; aún si se ganaran las luchas políticas, estas destrucciones permanecerán ahí. 

También escribes cómo las formas históricas de violencia se transforman y, en parte, cambian de bando. Actualmente, conceptos como el de libertad están siendo parcialmente apropiados por movimientos de derecha. ¿Cómo explicas estos desplazamientos?

Cuando unx observa la situación desde la perspectiva de que todxs estamos expuestxs al imperativo de, supuestamente, tener que ser dueñxs de nosotrxs mismxs e imponernos en una sociedad basada en la competencia, entonces unx entiende por qué estos desplazamientos son posibles. En este contexto, incluso las personas que han sufrido opresión no quedan automáticamente libres de estos comportamientos tras su emancipación.   

Una igualdad formal, carente de un fundamento material, puede producir un dilema profundo: en términos legales, unx ha conquistado nuevas libertades, pero en la realidad no se tiene ninguna seguridad o capacidad de disponer sobre la propia vida. 

Esto resulta evidente, por ejemplo, en movimientos históricos de liberación. Después de la abolición de la esclavitud en Estados Unidos o del fin del apartheid en Sudáfrica, no hubo una transformación a raíz de las relaciones de propiedad; mientras que algunxs siguieron disponiendo de una propiedad real, la nueva libertad conquistada de muchas personas no cambió su situación de precariedad. A causa de ello surge la tentación de buscar en otrxs las causas del propio sentimiento de pérdida, el verdadero régimen de propiedad se pierde de vista y es reemplazado por una ilusión: alguien me está arrebatando algo. 

Unx puede intentar estabilizar su posición excluyendo u oprimiendo a otrxs; otra opción posible sería seguir organizándose y luchar por una liberación real. 

Partiendo del viraje autoritario global, ¿dirías que esta psicodinámica opera a nivel mundial?

En los últimos años surgió el impulso de hablar nuevamente de “fascismo”, especialmente entre colegas del Sur Global. Por supuesto que existe una diferencia entre algo que derive hacia el nacionalismo hindú y lo que se convirtió en el movimiento MAGA. Sin embargo, me parece que hoy en día –en un mundo en el que democracias liberales basadas en un individualismo posesivo han triunfado a escala global y el neoliberalismo ha abierto las puertas de par a en par a estos movimientos– pueden observarse dinámicas similares en muchos lugares del mundo. 

Considero pertinente entender el fascismo como una forma política específica que surge a partir del liberalismo. Ahora que la dominación centrada en la propiedad parece haber sido superada, la noción de propiedad es reeditada en una forma, propagandística. En India, por ejemplo, actualmente la misma retórica anti colonial es un componente importante del nuevo proyecto fascista. En cierto modo, se trata aquí de un fascismo “poscolonial”. 

En años recientes hemos presenciado el desmantelamiento progresivo de las barreras –ya de por sí frágiles y levantadas con arduo empeño– en contra de la violencia internacional. Entre ellas se cuentan también ciertas alianzas de confianza o convenciones en materia de derecho internacional. Concretamente en relación al genocidio en Gaza, en Alemania se tuvo en parte la impresión de que estas reglas se eliminaron con un tono casi triunfal. 

Por todo ello, mi diagnóstico es el siguiente: el liberalismo se está desmoronando de una manera no emancipatoria, sus restos apuntan a la derecha. Únicamente si identificamos estos patrones podremos siquiera concebir la posibilidad de una resistencia global, así como de una política internacionalista. 

Al final de tu libro escribes que “la riqueza es aburrida y, con suerte, cada vez más difícil de defender. Lo reparado, en cambio, demuestra que en medio de estos tiempos sombríos, es posible volver a abrir el futuro.” ¿Qué papel juega para ti la reparación?

Por mucho tiempo, la idea del pensamiento transformador de izquierda fue: existe riqueza que fue creada en común, pero que se encuentra en las manos equivocadas: simplemente tenemos que recuperarla. Hoy en día esto se queda muy corto. Vivimos en un mundo en el que justo esta ideología del crecimiento ha traído consigo una destrucción enorme: escombros ecológicos, desechos tóxicos, así como también personas y sociedades traumatizadas. 

Es por eso que se necesita la reparación. No como vuelta a un estado anterior, sino como praxis emancipatoria que vuelva a hacer del mundo un lugar habitable. Sin esta forma de reparación –la cual juega un papel también en el trabajo de las contrapartes de medico, por ejemplo cuando se trata de reparaciones por los crímenes coloniales o los daños al medio ambiente– no hay un futuro posible. No es suficiente luchar por una distribución justa, también tenemos que trabajar y vivir en comunidad de una manera distinta. En realidad, el antifascismo quiere decir “lujo para todxs”. Ahí donde la gente se junta, la experiencia tiene que ser verdaderamente hermosa. 

Por eso también creo que la política social también puede tener un efecto antifascista: el antifascismo significa no servir a la política de las proyecciones fantasmales o a la propiedad fantasma, sino transformar las condiciones sociales que hicieron posible el surgimiento de las mismas. Si las personas experimentan un menor miedo a la pérdida, entonces una parte de esta dinámica se debilita. Resulta claro que con ello no desaparecen por completo los comportamientos autoritarios o racistas, pero el fundamento social se transforma. 

La entrevista fue realizada por Julia Manek y Antonie Riek 

Eva von Redecker es filósofa y autora independiente. Su trabajo abarca la teoría crítica, el feminismo, la crítica al capitalismo y el autoritarismo. En febrero de 2026 se publicó su nuevo libro Dieser Drang nach Härte. Über den neuen Faschismus (Este impulso de dureza. Sobre el nuevo fascismo). 


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