Editorial

Un fantasma rondaba

31 may 2026   Tiempo de lectura: 9 min

15 años después de las revoluciones árabes, la región se hunde en la guerra y la violencia. ¿Qué fue lo que sucedió? Por Radwa Khaled Ibrahim

Cuando reflexiono sobre la pregunta “¿qué es lo que perdura?”, pienso en las paredes de El Cairo, que observaron silenciosas el acontecer de los últimos años y, al mismo tiempo, hablan. ¿Hablan? Murmullan es quizás una expresión más precisa. Invierno de 2011, somos adolescentes en las calles, en medio de las masas. Tenemos miedo, pero fingimos ser grandes y fuertes, como si supiéramos lo que hacemos. No comprendemos todo, pero sentimos que esto es lo correcto, en realidad lo único correcto. Pero de lo que sí sabíamos era de graffitis, de latas de pintura, de marcadores, de esténciles. En aquél entonces las paredes gritaron con nosotrxs: frases, consignas, los rostros de lxs asesinadxs. Entretanto, todo esto ha sido recubierto, pero los mensajes aún se dejan entrever. El color blanco, ahora grisáceo por el smog, subraya de una manera singular lo que está escrito debajo y, en parte, unx todavía puede distinguir las siluetas de las palabras y los colores. Como fantasmas dibujados por niñxs, figuras cubiertas por una sábana blanca, pero con los ojos abiertos. Ojos que murmullan: aún lxs estoy observando.

Laboratorios de democracia

Al día de hoy, estos fantasmas no sólo rondan El Cairo. La década de 2010 estuvo marcada por una oleada de protestas más grande que cualquier otra desde la Revolución rusa, incluso quizás más grande que esta. Todo empezó con una inmolación: el 17 de diciembre de 2010, el joven comerciante callejero Mohammed Bouazizi prendió fuego a su cuerpo como protesta en contra del hostigamiento cotidiano de la policía en la localidad tunecina Sidi Bouzid. Las llamas se extinguieron con su muerte, sin embargo, el fuego de la protesta se extendió por las calles de Túnez, Argelia, Marruecos, Egipto, Libia, Catar, Baréin, Yemen, Siria, Jordania, Irak y el Líbano. Tras décadas de opresión, corrupción y mala administración, las personas se alzaron masivamente en contra de las élites gobernantes de sus países. Además de la ya histórica consigna “El pueblo quiere la caída del régimen!”, la gente de Rabat a Bagdad exigió dignidad, libertad y justicia social. Las amplias movilizaciones que abarcaban tanto a las clases medias urbanas como a lxs trabajadorxs industriales y a habitantes de zonas rurales, hicieron temblar a los regímenes.

Las grandes plazas se convirtieron en laboratorios de una democracia desde abajo. Su ocupación se convirtió en un símbolo manifiesto de una nueva conciencia que inspiró a muchos movimientos sociales de comienzos de esa década a lo largo del mundo. Hubo movimientos feministas transnacionales como “Ni Una Menos”, protestas en contra de la política de austeridad en el sur de Europa, se llevó a cabo el Occupy Wall Street, así como levantamientos antirracistas de “Black Lives Matter”, entre muchos otros. Las cinco manifestaciones más grandes hasta la fecha en la historia de Estados Unidos se realizaron en aquella década. Por tanto, las revueltas árabes no constituyeron una excepción regional, sino un “punto de inflexión casi vertical, en el que dos décadas de relativa calma se convirtieron abruptamente en varios años de creciente agitación global”, como afirma un estudio. En las primeras dos décadas del siglo el mundo se vio envuelto en una dinámica revolucionaria. 
Después, la calma. Primero en un país, después en el siguiente, los movimientos se apagaron. Pero las revoluciones no fracasan por sí solas. Por el contrario, son los movimientos antagónicos los que terminan imponiéndose; surgen alianzas que estabilizan el orden imperante o imponen uno nuevo. Así pasó en Egipto, en parte también en Túnez, Marruecos y los Estados árabes del Golfo, así como de una forma más agudizada en Siria, Irak y Sudán. Sin embargo, esta regresión no sólo afectó a Estados de forma aislada, sino que tuvo consecuencias negativas para los movimientos progresistas a nivel mundial. En este sentido podemos entender a los regímenes de guerra actuales como una expresión de un contramovimiento global: lo que siguió a la rebelión por la dignidad, la libertad, la autodeterminación, por una vida y un mundo distintos, no fue otra cosa que un tipo de contrarrevolución.

El papel de Estados Unidos después de 2011

Estados Unidos jugó un papel notable en todo esto. Cuando estallaron las protestas en el mundo árabe,  estas no recibieron –en contra de las expectativas generalizadas– un apoyo real por parte del entonces presidente estadounidense Barack Obama. Por el contrario, se expresó abiertamente el temor frente a “Estados fallidos” y, en consecuencia, a la pérdida de la resiliencia de los regímenes autoritarios que respaldaban y ayudaban a imponer los intereses de Estados Unidos y sus aliados. Esto se nutría de las experiencias de la Guerra de Irak, en la que la disolución del Estado iraquí tras la ocupación por parte de Estados Unidos en 2003 condujo a un caos que no sólo fortaleció la influencia de Irán sobre la mayoría chiíta, sino que favoreció también una insurrección antiamericana entre grupos sunitas, de la que más tarde surgiría el “Estado Islámico de Irak y Siria” (ISIS, por sus siglas en inglés).

Con las experiencias en Irak como telón de fondo, la administración de Obama se concentró principalmente en garantizar su influencia sobre los gobiernos existentes –sin importar si estos eran democráticos, autoritarios o dictatoriales– en lugar de buscar un “cambio de régimen”, al modo propagado por los neoconservadores durante el primer mandato de George W. Bush. Esto constituye la antesala de lo que hoy vivimos con una agresividad y una claridad renovadas. Durante el segundo mandato de Trump, Estados Unidos se sirve de una forma modernizada de la “diplomacia de cañoneras” del siglo XIX, mediante la cual los Estados fuertes sometían a los débiles mediante amenazas o el uso de violencia militar, con el propósito de imponer sus intereses. Una forma que el politólogo Gilbert Achcar denomina la “vieja-nueva doctrina imperial” de Trump.

Los objetivos han cambiado poco. Se trata de esferas de influencia, si bien la mayoría de las guerras del presente –así como tantas en el pasado, ya sea en Oriente Próximo o en norte de África y Asia occidental– siguen siendo encendidas por el petróleo, el recurso más importante del capitalismo fósil. Como afirma David Harvey: “Quien controla el Oriente Próximo, controla el grifo mundial del petróleo, y quien controla el grifo mundial del petróleo puede controlar la economía global, al menos en un futuro próximo”.

¿Qué es lo que perdura?

Si hoy fuera adolescente, mi concientización política no estaría marcada por revoluciones, sino por violencia militar y guerras: en Siria, Yemen, Sudán, Ucrania, Gaza, Irán, así como en Venezuela y Cuba. Además, un rearme omnipresente y una militarización progresiva de las sociedades, acompañada de recortes simultáneos a la educación, a la cultura y a la política social. No es coincidencia que tras una ola de rebeldía ahora domine una época de violencia. Los países árabes son escenarios de guerra porque en ellos se trata de garantizar el aseguramiento de los recursos a través de una “política de fuerza”. En los centros capitalistas, la violencia en contra de los movimientos sociales se expresa actualmente todavía como un llamado al orden, con el fin de asegurar el predominio ideológico del sistema.

La conexión entre crisis y revolución no es un fenómeno desconocido, como lo muestra la historia de las “revoluciones atlánticas” de fines del siglo XVIII o la de la revolución rusa de 1917. Sin embargo, la tormenta que se desató en el mundo árabe y desde él en 2011, tuvo lugar en medio de un orden global que estaba acostumbrado a mirar esta conexión como una cosa del pasado. Tan sólo el hecho de nuevas revoluciones causó sorpresa, si bien asimismo la esperanza de que estas transcurrieran mayormente en paz, que fueran resueltas mediante negociaciones y que fueran más bien acogidas que combatidas por los Estados del sistema internacional.

En retrospectiva, las revueltas árabes de 2011 parecen ser el momento en que esta esperanza se vino abajo. La dinámica de las movilizaciones masivas y de los movimientos de oposición se desligó del esperado cumplimiento del esquema simplificado de las transiciones políticas. Las revoluciones árabes inauguraron una tendencia global de protesta y anticiparon lo que habría de marcar la década siguiente. En este sentido, es posible comprender los regímenes de guerra emergentes como expresión de una contrarrevolución globalizada.

Sin embargo, las revoluciones no se vieron coartadas únicamente por los intereses del imperio, sino también por limitaciones propias, de aquel entonces y de hoy. Ya en 1939, Jean-Paul Sartre escribía en sus diarios de guerra: “Siempre pensé que entre 1920 y 1925 algo estuvo a punto de nacer: Lenin, Freud, el surrealismo, las revoluciones, el jazz y el cine mudo: todo esto pudo haberse conectado. No obstante, cada cual siguió su camino, en solitario. Así, de manera aislada, pudieron ser asfixiados; sólo en mi recuerdo daban forma a un mundo”. También en la década de 2010, los acontecimientos y las efervescencias sociales transcurrieron en su mayoría desconectadas entre sí, aun cuando para la observadora hubieran creado un mundo entero: cómics, memes, música nueva, una ola transnacional feminista, la época dorada de las teorías poscoloniales, movimientos anticapitalistas, la Primavera Árabe u Occupy Wall Street, las redes sociales, nuevos partidos de izquierda como Podemos en España o Syriza en Grecia, así como posteriormente partes de las movilizaciones en favor de Sanders o de Corbyn; muchos elementos, algunos conectados de manera puntual, pero nunca una unidad siquiera en formación… ¿Quizás por ello tampoco perdurable?

Lo que perdura son las experiencias y los rastros de los momentos revolucionarios, aún cuando sea más en la forma de la memoria colectiva que en la de una fuerza política institucionalizada. En este sentido, el bloguero egipcio Alaa Abd el-Fattah: “Pero hay algo que recuerdo, algo que sé con plena certeza: la sensación de que todo era posible fue real. Puede que fuera ingenuo creer que nuestro sueño podía cumplirse, pero no era disparatado creer en la posibilidad de un mundo distinto. De verdad que era posible, o al menos así es en mi recuerdo”. Un recuerdo que también perdura en las paredes; un recuerdo que vibra aún en nuestros cuerpos.
 

Radwa Khaled Ibrahim es responsable de ayuda de emergencia crítica en el área de comunicación de medico.


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