Afganistán

Tiempo de ruptura: primeras palabras

08/09/21   Tiempo de lectura: 20 min

Lo que habrá que mantener abierto: un balance provisional de la crisis afgana, a veinte años del 11 de septiembre. Por Thomas Rudhof-Seibert.

Aún cuando nadie pudo anticipar el derrumbe del Estado afgano ocurrido en tan sólo tres días, el fracaso del Gobierno Federal de Alemania en la evacuación forzada de afgan@s en riesgo de perder la vida es sencillamente infame. En los hechos, desde hace más de un año resultaba evidente que el país y sus casi 40 millones de habitantes caería en las manos del fascismo religioso. Después de que Estados Unidos, aún bajo el mando de Trump y posteriormente de Biden, anunciara su fugaz retirada del país, estaba claro que todos sus aliados harían lo mismo y que cientos de miles de afgan@s tendrían que huir para salvar sus vidas. Por ello, las tropas occidentales y sus gobiernos pudieron haberse preparado para este momento. Y tendrían que haberlo hecho.

Tendrían que haberse diseñado planes de evacuación y garantizar su puesta en práctica; toda la operación tendría que haberse discutido, en primer término, con aquell@s a ser evacuad@s y que hasta la fecha siguen en el país. Además: la operación no debió plantearse en términos humanitarios, sino políticos, y ser comunicada con ese carácter a los talibanes. Nada de esto ocurrió, ni siquiera en teoría. Por el contrario, la retirada se convirtió en huida. Diariamente, a lo largo de más de diez días, decenas de miles de afgan@s se vieron forzados a intentar ingresar al aeropuerto para, en caso de correr con suerte, ser evacuad@s por aire. El mundo entero pudo presenciar en directo este desastre. El 26 de agosto, día de los ya anticipados ataques del Estado Islámico, este desastre estaba consumado: aquel día, más de 80 personas perdieron la vida. Ellas no fueron las primeras en morir aquellos días, y tampoco serían las últimas.

Prioridades alemanas

Occidente evacuó a sus ciudadan@s, pero muy poc@s afgan@s tuvieron la misma suerte. El fracaso de la operación alemana resulta vergonzosamente llamativo: de las 4,921 personas evacuadas hacia Alemania, únicamente 248 formaban parte del así llamado personal local. Contando a sus familiares, la cifra asciende a poco más de 900. El número de solicitudes recibidas rebasaba las diez mil, por lo que tiene que decirse: 900 de más de 10 mil. Se tiene planeado continuar con las evacuaciones, entre ellas, la de colaborador@s afgan@s de ONGs alemanas. La canciller ha admitido “que esto no es nada fácil, que la situación habría sido mal calculada”. Sin embargo, ha salido a la luz que el primer avión pudo haber despegado ya en el mes junio desde Mazar-e Sarif, la ciudad donde se ubicaba el campamento más grande de las fuerzas armadas alemanas. Esto fue impedido por Horst Seehofer y su Ministerio para la Seguridad del Estado, mediante su rechazo de la migración motivado por el racismo.

Si la República Federal de Alemania se tomara en serio sus obligaciones en materia de derechos humanos, esta decisión habría sido fácilmente rectificada, tanto en términos jurídicos como políticos. Aquí, sin embargo, no sólo habría que presentar una demanda en contra del Ministerio de Seehofer: ni el Ministerio de Asuntos Exteriores, ni el Ministerio Federal de Defensa, ni la Cancillería Federal; nadie hizo nada para impedir esta decisión. ¿Por qué? En Alemania es tiempo de elecciones. No sólo los partidos de la coalición tienen en consideración sobre todo a sus votantes aleman@s; a es@s votantes, de l@s que se espera que ejercerán un voto “alemán”. Esto es una desgracia: de l@s que gobiernan, de sus partidos, de este sector del electorado.

Primer vistazo atrás

En el primer comienzo de esta historia se encuentran los ataques del 11 de septiembre de 2001, al que Occidente respondió con la operación ‘Libertad Duradera’: el primer movimiento de la recién iniciada “Guerra contra el Terrorismo”, que ocuparía el lugar de la confrontación Este/Oeste. Simultáneamente, se llevaron a cabo operaciones militares en África, tanto en la región del Cuerno de África como al interior y al sur del Sahara, así también en Filipinas y en Afganistán. La razón oficial del ataque a este último país fue la negativa del primer gobierno talibán, en el poder desde 1996, a emprender acciones en contra de la red Al-Qaeda, responsable de los ataques del 11 de septiembre. También causante del mismo fue, sin duda, la enorme provocación a Occidente que significó la demolición de las estatuas de Buda en el valle de Bāmiyān, de varios siglos de antigüedad, ocurrida medio año atrás.

Respaldadas por bombardeos de la fuerza aérea estadounidense, las tropas muyahidínes conquistaron Kabul tan sólo un mes después. En diciembre de 2001, Estados Unidos consiguió la aprobación de la resolución 1386 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que abrió la vía legal para la creación de la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF, por sus siglas en inglés), en el marco de la cual operó también el Ejército alemán. En 2002 se formó un gobierno de transición, y en el año 2004 ocurrieron las elecciones que llevaron a Hamid Karzai a convertirse en el primer presidente de la República Islámica de Afganistán. Diez años después le siguió Ashraf Ghani: ambos representantes de una compleja clase dirigente local que, aliada estrechamente a las fuerzas de ocupación y marcada por encarnizadas rivalidades internas, trabajó a lo largo de los años única y exclusivamente para su beneficio propio. En su huida de Kabul, Ghani se llevó consigo varios coches de lujo y millones en dinero en efectivo.

El hecho de que las tropas de la ISAF no lograran derrotar al Talibán a pesar de haber sido reforzadas varias veces a lo largo de los años, se debe también al descaro de sus aliados afganos. No obstante, resulta más importante la violencia que los ‘libertadores’ desplegaron sobre l@s afgan@s. El registro sistemático de las víctimas civiles comenzó hasta el año 2009, cuya cifra final asciende a más de 100 mil personas, muchas de ellas fallecidas a causa de los bombardeos efectuados durante años. Este terror, sin embargo, no llevó nunca a su objetivo inicial: no sólo los talibanes se reorganizaron con armamento propio, también lo hicieron las milicias muyahidines y la mafia de la droga.

Al mismo tiempo, ni los estados miembros de la ISAF ni el estado afgano pudieron mejorar la situación económica catastrófica del país que, junto a la violencia incesante, constituye la causa más fuerte del ininterrumpido movimiento migratorio, existente desde hace décadas. 70 por ciento de l@s afgan@s viven por debajo del límite de pobreza, aunque otras estimaciones elevan esta cifra incluso hasta el 90 por ciento; actualmente, 18 millones de habitantes se encuentran amenazad@s por el hambre, es decir: un@ de cada dos. Aproximadamente 2,7 de los 38 millones de afgan@s viven hoy en día en el extranjero, mientras que otros 5,2 millones de habitantes han emigrado alguna vez. Tan sólo en 2019, más de 100 mil huyeron del país; 2,6 millones deambulan en el mismo como desplazad@s intern@s.

Economía de la violencia

Pero Afganistán no sólo es víctima de la violencia: vive también de ella. En primer término esto vale, naturalmente, para los miembros de todas las fuerzas armadas y sus familias, también para los talibanes. Si bien el núcleo del movimiento está compuesto por cuadros altamente politizados y listos para actuar así sea arriesgando la vida, para la mayoría de l@s 70 mil combatientes el ingreso económico es lo único que cuenta. La situación no es distinta en el ejército ni en la policía, tampoco para los milicianos muyahidines. El sedimento de la economía de la violencia está compuesto también por la criminalidad que domina en todos los ámbitos de la vida: desde el robo callejero, pasando por el secuestro, hasta llegar a la corrupción, siempre cimentada en la violencia. 

En último término, tanto el Estado afgano como su burocracia viven de la violencia, incluso l@s afgan@s que trabajan para organismos no gubernamentales y cuyos ingresos provienen de flujos financieros de ayuda humanitaria condicionada por la violencia, viven de ella; incluso allí, donde ell@s realizan una buena e indispensable labor. En pocas palabras: las personas que en Afganistán no reciben su ingreso del ejercicio de la violencia o de la regulación de circunstancias violentas, no tienen ingreso alguno; son parte de una población superflua, sin perspectiva alguna de asegurar su supervivencia. En 2001 esto ya era así, hoy lo sigue siendo y mañana seguirá igual.

Segundo vistazo atrás

El conflicto afgano es y ha sido un conflicto poscolonial; un conflicto de la confrontación entre bloques, un conflicto del imperio global. Dio inicio con la constitución de la monarquía afgana en el siglo XIX, extendiéndose con la transición, primero hacia una república burguesa y luego a una república popular. El conflicto se agudizó con la invasión del ejército soviético, después con el dominio de los muyahidines y los talibanes. Finalmente, con la invasión y la ocupación durante veinte años por parte de la ISAF, a la cual le sigue ahora un segundo régimen talibán. Sin embargo, a pesar de las diferencias ideológicas, el conflicto se alimenta de una gramática profunda de divisiones étnico-religiosas. Esta gramática no se explica únicamente por el hecho de que el territorio actual de Afganistán está poblado por más de diez grupos étnicos distintos. Tampoco es resultado de la variedad lingüística, compuesta por 50 idiomas y 200 dialectos. La diversidad lingüística, étnica y religiosa se convirtió en la profunda gramática de la violencia hasta que se puso en marcha el llamado Gran Juego, es decir, la lucha entre Gran Bretaña y Rusia por la hegemonía sobre el Imperio Persa en proceso de desintegración. Ambas potencias coloniales fracasaron. Los británicos, a pesar de las tres “guerras anglo-afganas”, en cuyo transcurso, en el año 1842, –por brindar sólo un ejemplo– dieron vía libre a su soldadesca para el saqueo durante dos días en la recién conquistada ciudad de Kabul: a consecuencia de ello, el histórico bazar fue consumido hasta sus cimientos por el fuego.     

El fracaso del intento colonial de apropiación en este país –llamado sólo a partir de esa época ‘Afganistán’, pero que tuvo durante siglos los nombres de ‘Jorasán’ o ‘Kabulistán’– dejó sin embargo el proyecto de construcción de un Estado ‘nacional’, es decir, formado por una mayoría étnica y religiosa. Fue hasta entonces que las diferencias étnicas, lingüísticas y religiosas, si bien siempre marcadas por el conflicto, se convirtieron en la llama que encendió el incendio de violencia actual. El nombre ‘Afganistán’ es una señal decisiva: este nombre era comúnmente usado sólo para designar a los miembros del grupo étnico más grande en términos numéricos: l@s pastunes. En el estado poscolonial, l@s pastunes reclamaron para sí el poder político, militar y económico, así como el poder para definir los rasgos de lo que se convertiría en la ‘nación afgana’: un proceso de desgracia, padecido por países colonizados por Europa a lo largo del mundo después de su ‘liberación nacional’. 

Esta desgracia impactó con mayor virulencia al grupo de l@s hazaras, hablantes de la lengua persa y practicantes del islam chiita, mientras que la mayoría de habitantes de Afganistán profesan el islam sunita. Si bien las estimaciones son imprecisas, se calcula que en los últimos cien años el número de sus miembros se ha reducido por debajo de la mitad; durante el primer régimen talibán, un@s 3 mil hazaras fueron ejecutad@s, no pocas veces en decapitaciones públicas. En los últimos cinco años, más de mil hazaras han sido víctimas de atentados. Por ello, no es coincidencia que l@s hazaras  sigan llamando Jorasán al país que comparten con sus torturador@s; tampoco lo es el hecho de que este nombre sea utilizado también por la sección afgana del Estado Islámico: en ambos casos, es una referencia a la época precolonial. 

Un interludio de gran alcance

En los años setenta, el conflicto poscolonial pasó a formar parte de la confrontación entre los bloques oriental y occidental. El golpe de estado en la familia del último Shah de Afganistán, que condujo a la fundación de la primera República afgana, se convertiría en el punto de inflexión. A este golpe de estado le siguió otro en 1978, llevado a cabo por un grupo de jóvenes oficiales cercanos al Partido Democrático Popular de Afganistán, una organización de inspiración marxista-leninista, fundada por 27 intelectuales en 1965. Para este entonces, este partido ya se encontraba dividido en dos alas, cuyas diferencias político-ideológicas tenían un fundamento étnico. El nuevo gobierno radicalizó la política de modernización impulsada ya en tiempos de la monarquía, ocasionando con ello a su vez la radicalización de una virulenta oposición compuesta en su mayoría por campesin@s pobres. En tan sólo unos meses, el conflicto derivó en una guerra civil, en la que el Ejército soviético intervino durante ese mismo año. Afganistán se convirtió de ese modo en el escenario principal de la confrontación Este/Oeste y la derrota de las fuerzas armadas soviéticas en 1989 en el momento clave de la derrota conjunta del bloque dominado por la Unión Soviética.

Es imprescindible recordar este interludio, ya que es un ejemplo más de por qué la formulación o puesta en práctica de una opción emancipatoria de izquierda no puede tener sus bases en la violencia ni en la miseria. Es más: considerando que este interludio ejemplifica de manera vívida no sólo la historia de la confrontación entre bloques, sino también la historia del ‘socialismo realmente existente’ en su conjunto, se vuelve comprensible por qué el fascismo religioso se convirtió, en Afganistán y otros lugares, en un elemento exterior a un orden mundial surgido no sólo de la victoria del Occidente capitalista, sino también del fracaso de este socialismo y su posterior derrota. 

El final de la confrontación entre bloques determinó el curso de la historia que siguió a la intervención de 2001, parte a su vez de la ‘guerra contra el terrorismo’. Con la victoria sobre el bloque dominado por los soviéticos, el bloque de Estados occidentales anunció el comienzo de un orden mundial en el que los derechos humanos, la democracia y el capitalismo coexistirían para siempre; no poc@s hablaron en aquel momento del ‘fin de la historia’: la globalización del capital, del parlamentarismo y de la OTAN sería la encargada de garantizar el éxito de este final. En este contexto, la intervención en Afganistán y la que le siguió en Irak dos años más tarde, pondrían los puntos sobre las íes a lo que ya se había intentado anteriormente con la intervención en la guerra civil de Yugoslavia: ella también un momento en el pasaje de la confrontación entre bloques hacia un nuevo orden mundial. En ello estaban de acuerdo no sólo los gobiernos participantes en la misión de la ISAF y en la ‘coalición de la voluntad’, sino también una buena parte de las sociedades occidentales y de aquellas admitidas, al menos formalmente, en Occidente. El consenso imperial también contó con la aceptación de una izquierda que, en aquel momento, se encontraba comprensiblemente desorientada. 

La crisis como norma y estado normal 

Un año antes de la intervención en Afganistán, Toni Negri y Michael Hardt publicaron su libro ‘Imperio’, que marcaría un hito en el debate de izquierda en los años posteriores. En él, sus autores sitúan y conceptualizan al nuevo orden mundial como parte de la historia de los grandes imperios, encontrando en ello un giro, aparentemente simple a primera vista, según el cual “el imperio como campo de estudio se encuentra determinado por el simple hecho de que exista un orden mundial”. En un siguiente paso fundamentan esta definición con una segunda tesis, algo más compleja que la anterior. Según esta tesis, la crisis en el imperio y con ella la crisis del imperio mismo no sería una mera alteración o perturbación pasajera de su estado normal, a la que habría que poner remedio lo antes posible. Más bien, la crisis no sería otra cosa que la “norma” reguladora, tanto lógica como empíricamente, de la misma soberanía imperial: no sería sino su estado normal. 

En los años posteriores, tanto el Imperio como tod@s nosotr@s aprenderíamos el significado de la interrelación de estos dos giros planteados por Hardt y Negri. La huída de Afganistán por parte de las tropas de la ISAF y el regreso de los talibanes al poder, sellan este aprendizaje. Con ello no se pretende afirmar que el Imperio ha sufrido una derrota y que Afganistán no es ya una provincia del mismo. Al contrario: en conexión inmediata con la historia de sufrimiento de Siria, Afganistán probablemente se convertirá en un paradigma de lo que ocurrirá durante los próximos años en un número cada vez mayor de estas provincias. Si la coexistencia de derechos humanos, democracia y capitalismo al interior del Imperio puede ocurrir, esto únicamente resulta válido para su Norte Global; para su Sur Global, en cambio, sólo de manera extremadamente restringida. 

Si con la agudización de la crisis ecológica cada vez más amplias zonas del planeta se convierten en regiones de devastación y, con ello, en zonas relativamente reguladas de economías de la violencia, la existencia de activistas por los derechos humanos y por la democracia se volverá superflua: más bien se necesitará de resueltas fuerzas del orden. Entre ellas se cuentan el régimen talibán, así como los de Assad y Erdogan; a ellos se sumarán probablemente también las bandas criminales a las que el Imperio ha entregado Haití. En medio de todas las diferencias existentes entre estas fuerzas del orden, un rasgo esencial de sus políticas las volverá similares: todas ellas dominarán regiones de devastación, aplicando sistemas de inclusión y exclusión de sus habitantes y l@s de territorios adyacentes bajo acuerdo y financiamiento del Imperio, garantizando, según sea el caso, el acceso correspondiente a recursos explotables. Aún cuando no todo esto les esté permitido, tendrán vía libre en el uso imprescindible de la violencia para este fin. El trato con Erdogan nos muestra los desarrollos posibles en esa dirección. En un marco limitado, estas fuerzas del orden pueden colocarse bajo la protección de esta o aquella gran potencia del orden, cuya competencia también representa una parte de la crisis permanente del Imperio; así, tienen permitido posicionarse leve o marcadamente a favor de Rusia o China, incluso pueden ser ‘islamistas’: en todo caso, únicamente en la medida en que también lleguen a un acuerdo con Estados Unidos y con Europa.  

¿A quién le pertenece la crisis?

El hecho de que la crisis constituya la norma y el estado normal del Imperio, no significa que el este sobrevivirá a su crisis. Su caída puede empezar en cualquier momento y lugar. Según la situación actual, el planeta mismo podría encargarse de ello, pues puede prescindir del asentamiento de sociedades humanas. Podría provenir también de su principal antagonista actual, el fascismo religioso, pues su incorporación a las fuerzas del orden aún no está decidida. 

Sin embargo, desde un comienzo el Imperio ha enfrentado y enfrenta en la actualidad resistencia en todos los lugares en los que se lucha verdaderamente por los derechos humanos y la democracia. La invasión de Irak motivó el surgimiento de un movimiento antibelicista conectado a escala mundial; desde 2010 existe un encadenamiento incesante de levantamientos por la democracia en el Sur Global. Si bien el Imperio ha podido interrumpir los movimientos migratorios globales una y otra vez, no ha podido detenerlos permanentemente en ninguna de sus fronteras. Sin embargo, la victoria o la derrota del imperio dependen también del curso de la historia afgana, que tiene su final provisional y por tanto abierto en los eventos esbozados aquí. Para el Imperio, la intervención en Afganistán no se trató de una cuestión de derechos humanos, de democracia o de igualdad de géneros; sin embargo, decenas de miles de afgan@s asumieron esta promesa como suya. A través de su trabajo diario, durante años, hicieron frente no sólo a la violencia, sino también a las divisiones étnico-religiosas; en medio de la desgracia, pusieron en marcha procesos de democratización que volvieron practicable el sentido de los derechos humanos: crear las condiciones para que cada un@ intente definir tanto la vida individual como la colectiva de manera libre. Ell@s son, en primer término, l@s que se encuentran hoy abandonados a su suerte, cuyo trabajo de años y su vida entera han sido traicionados. 

En este momento, la mayoría de ell@s sólo quiere abandonar el país, y en ello tienen toda la razón. Por eso, las fuerzas del orden del Imperio están fortaleciendo actualmente su consenso en todas partes bajo el lema “¡2015 no puede repetirse!”. Así, mañana mismo negociarán con el régimen talibán, tal como lo hacen con Assad, con Erdogan y con las bandas criminales en Haití. Por esta razón, apartarse de este consenso sólo puede significar una cosa: hacer todo lo posible para que se repita lo que en 2015 fue sólo un primer comienzo. Mantener abierto este comienzo de una política más allá del Imperio y más allá de la violencia étnica, racista y patriarcal de los fascismos, significa también, sin embargo, enfrentarse a la cuestión abierta de cómo puede combatirse esta violencia no sólo en Afganistán, sino también en Siria o en Haití, y de cómo, a través de esta política, pueden combatirse la violencia con la que se mantienen en pie nuestras relaciones sociales. Esta política no pide un plan maestro, sino que resalta lo que no debe caer en el olvido. 

Traducción: Benjamín Cortés


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