Małgorzata Klemens niega con la cabeza cuando le preguntan si alguna vez ha sentido miedo al encontrarse con soldados armados cuando anda a solas por el bosque. “He visto demasiado como para sentir miedo”, responde casi de pasada. Nos reunimos con ella en su jardín, ubicado en medio del área natural protegida de Bialowieza, en el noreste de Polonia. A nuestro alrededor observamos prados exuberantes, el bosque, y escuchamos el trinar de los pájaros. En nuestro camino hacia acá, nos extraviamos varias veces entre árboles, pastizales y senderos arenosos llenos de helechos marchitos. El jardín de Gosia, como todxs conocen a Małgorzata por aquí, es un pequeño paraíso que, sin embargo, se ve frecuentemente perturbado, pues vehículos militares pasan traqueteando frecuentemente por el camino sin asfaltar frente a la casa. La razón: a menos de un kilómetro de distancia se levanta la valla fronteriza con Belarús. Para Gosia, la presencia militar no sólo forma parte del día a día, sino que constituye un peligro; en 2021, soldados fuertemente armados ingresaron a su predio y le pusieron una pistola en la cabeza. Ni siquiera esto la ha frenado en su afán de permanecer allí.
Gosia es fotógrafa y hace años decidió mudarse a esta apartada zona boscosa para especializarse en fotografía de naturaleza. No obstante, las cosas tomaron un rumbo distinto: hace cuatro años se empezó a observar el desarrollo de una nueva ruta migratoria hacia la Unión Europea. Incitadas por el autócrata bielorruso Lukashenko, cada vez más personas en busca de protección –muchas provenientes de Irak, pero también de Afganistán– intentaban llegar a Polonia a través de Belarús. Con ello, tanto el parque nacional Bialowieza como la región Podlasie empezaron a transformarse: la región fronteriza se convirtió en una zona militar de exclusión. Soldados y policía fronteriza patrullan los bosques a la caza de refugiadxs, mientras que también milicias civiles armadas cometen abusos en el último bosque virgen de Europa. Gosia vive todo esto a flor de piel; la fotografía de naturaleza pasó con todo esto a un segundo plano, pues en lugar de ella, ahora se dedica a ayudar a personas amenazadas por la hambruna, mientras que con su cámara documenta la injusticia que allí tiene lugar.
Violencia desenfrenada y devoluciones sumarias
Para bloquear la entrada de refugiadxs se ha erigido una valla descomunal a lo largo de casi 200 kilómetros de frontera, con una altura de cinco metros y medio, dotada de un doble alambre de púas con cuchillas particularmente grandes y equipada con cámaras termográficas. Además, unidades militares y drones vigilan la calle que se extiende a lo largo de la valla. Sin embargo, “la arquitectura de la frontera no está diseñada para proteger algo, sino para lastimar a las personas”, nos comentaba una activista del grupo “We Are Monitoring” recién al comienzo de nuestro viaje, en Varsovia. Al estar paradxs frente a la valla, entendemos con claridad lo que ella quería decir con esto: quien quiera superar este muro, deberá saltar desde cinco metros y medios de altura hacia el suelo, atravesando un alambre de púas cuyas navajas pueden abrir heridas en la piel que llegan hasta el hueso.
¿Qué es lo que lleva a estas personas a realizar estos actos desesperados? Lo que está claro es que las personas que emprenden la huida y que buscan tramitar asilo en Polonia o en Alemania, prácticamente no tienen otra alternativa, pues las rutas de huida en el Mar Mediterráneo son aún más peligrosas. Sin embargo, también aquí en los bosques polacos se encuentran expuestas a una violencia enorme.

Las fotos y videos de Gosia también dan cuenta de ello. A pesar de la intimidación sistemática, ella ha emprendido el rumbo hacia el bosque una y otra vez y ha oprimido el disparador de su cámara. En su jardín, observamos las fotos, en las que aparecen fuerzas de seguridad golpeando personas con palos; refugiadxs mal heridos atrapadxs en el alambre de púas; personas encontradas en el bosque, deshidratadas, a poco de morir de hambre y atemorizadas profundamente. El sadismo empleado aquí recuerda a reportes desde zonas de guerra.
Por ejemplo, se dice que los soldados reproducen grabaciones de ladridos de perro a través de un altavoz para obligar a las personas –algunas de ellas ya de por sí con traumas graves– a salir de sus escondites o agudizar con ello su estado de shock. Tan pronto como caen en manos de la policía o de la guardia fronteriza, la mayoría de las veces son conducidas de regreso a la frontera; no es poco común que se niegue la atención médica en hospitales a lxs heridxs que, por el contrario, son transportadxs de vuelta al otro lado de la frontera y abandonadxs en las profundidades del bosque, a bordo de vehículos militares de carga e incluso de vehículos del servicio de rescatistas. En los mismos hospitales se llevan a cabo devoluciones sumarias, como atestiguan las fotos tomadas por Gosia. En una de ellas, se observa a una mujer de Somalia, parada al otro lado de la valla, mirando resignada a través de los barrotes de metal hacia el objetivo de la cámara. Ella lleva puesta una bata que recibió en el hospital de la pequeña ciudad Hajnówka, con osos polares, montañas nevadas y estrellas impresas en su tela.
Área natural protegida como recinto militar
Katarzyna Czarnota nos acompaña a lo largo de nuestro viaje a través de los bosques polacos. Allí, ella misma ha brindado asistencia a refugiadxs durante años y ahora, como miembro de Border Forensics –una organización contraparte de medico–, reconstruye casos de violencia fronteriza. Para ello, también hace uso del material gráfico de Gosia. Mientras que en los reportes oficiales se señala frecuentemente a la hipotermia o la deshidratación como las causas de muerte, sus investigaciones posteriores arriban a conclusiones muy distintas. En ellas, se demuestra que las personas en el bosque fallecieron a causa de sus heridas o de la sed, debido a que la policía o el ejército impidieron a lxs activistas arribar al lugar y proporcionar la asistencia.
En Polonia, la violencia contra refugiadxs es justificada con el argumento de que ellxs serían una “arma híbrida” enviada por Lukashenko y por Putin. A más tardar desde el comienzo de la guerra de agresión rusa contra Ucrania, la “defensa del flanco oriental de Europa” se ha convertido en un elemento importante del discurso dominante, el cual también sirve como justificación de la deshumanización a la que están expuestas las personas en busca de protección. Sin embargo, algunos cientos de refugiadxs no explican la presencia de miles de soldados y otras fuerzas de seguridad en el parque nacional, equipadas con la más moderna tecnología bélica. Más bien, el bosque se ha convertido en un área de pruebas para equipos militares pesados y para las más novedosas tecnologías armamentísticas y de vigilancia. A lo largo de nuestro recorrido por las estrechas calles en el territorio boscoso, nos topamos una y otra vez con enormes zonas de construcción. Katarzyna nos cuenta que las calles en dirección hacia Belarús están siendo ampliadas para que también puedan ser usadas por tanques y otros vehículos militares, deforestando para ello los bosques, desecando los pantanos y afectando gravemente con ello a la flora y fauna del lugar: en el parque nacional Bialowieza se entrena para la guerra.
La militarización de la región fronteriza cada vez hace más difícil obligar al ejército y a la policía fronteriza a rendir cuentas de sus actos; a ello se suma la eliminación de los estándares fundamentales en la ley: a finales de marzo, la “coalición ciudadana” liderada del ministro presidente Donald Tusk y autoproclamada liberal, suspendió oficialmente el derecho al asilo para la región fronteriza al noreste de Polonia. Resulta incierto hasta dónde llega esta suspensión en términos geográficos. Recientemente, el gobierno formalizó y legalizó la realización de devoluciones sumarias, que ya de por sí eran práctica común desde 2021; si bien la ley contempla excepciones para mujeres embarazadas y menores de edad sin acompañantes, en la realidad estas no se ponen en práctica.
No todxs participan
“En Polonia observamos una securitización de la migración que está adquiriendo cada vez más relevancia para la UE en su conjunto”, explica Katarzyna. Lo que inició con el cerco militar en un parque nacional se ha convertido, desde hace ya bastante tiempo, en la nueva normalidad en el combate a la migración en Europa. A pesar de que la suspensión sistemática del derecho de asilo en esta región fronteriza de Polonia viola normas europeas así como también la Convención sobre el Estatuto de Refugiados de Ginebra, la UE no ha expresado intenciones para iniciar un procedimiento por incumplimiento de leyes. También los controles fronterizos y las devoluciones hacia Polonia y Austria que lleva a cabo Alemania son ilegales; el Gobierno Federal de este país, uno de los actores más poderosos en el entramado europeo, ha enviado con ello una señal inequívoca: en la época de renacionalización y rearme, ni el derecho internacional ni el europeo tienen carácter vinculante y, bajo la apelación a un estado de emergencia, incluso derechos fundamentales pueden perder su validez. El resultado de esto es una sociedad carente de derechos, en la que el “asilo” se torna en una cáscara sin nada en el interior. Recientemente, Grecia suspendió el derecho de asilo para personas provenientes del Norte de África.

También la violencia no estatal se ha extendido. Entretanto, milicias civiles de extrema derecha ponen en la mira de sus ataques a personas que son devueltas a Polonia desde Alemania; acontecimientos que no sólo son impulsados por la derecha radical, sino también y ante todo por los gobiernos liberal-conservadores. “Si el pasado gobierno de derecha encabezado por el Partido Ley y Justicia hubiera suspendido el derecho al asilo, la gente habría salido a las calles”, no obstante, “el gobierno de Tusk pudo hacerlo”, comenta Katarzyna. Pero en esta región fronteriza no todxs se doblegan frente al rumbo que está tomando el gobierno: lxs socorristas siguen asistiendo a lxs refugiadxs en el bosque, tanto como las circunstancias lo permiten; Katarzyna y Gosia saben de muchas personas aquí que no llaman a la policía cuando migrantes en busca de refugio tocan a su puerta, sino que las apoyan de manera discreta. “Si bien en los pueblos de la frontera casi en todas las familias hay miembros de la policía fronteriza, también casi siempre se puede encontrar a alguien que ya ha brindado apoyo a lxs migrantes que pasan por ahí”, nos cuenta Katarzyna.
A su vez, activistas provenientes de otras partes del país han venido a esta zona fronteriza para llevar a la práctica su solidaridad; muchxs de ellxs se han unido a la red Grupa Granica. Su ayuda se ve respaldada desde Varsovia, donde la iniciativa We Are Monitoring ha puesto en funcionamiento un “teléfono de alarma”. Cuando lxs refugiadxs solicitan ayuda desde el bosque, se informa directamente a lxs activistas ubicados en las “basas”, que son lugares en medio del bosque desde donde ellxs parten a la búsqueda de las personas en necesidad de ayuda, cargadxs de ropa, comida y equipos de primeros auxilios, con la esperanza de hallarlxs antes que el ejército o la policía fronteriza. Al mismo tiempo, We Are Monitoring documenta la violencia estatal, registrando hasta la fecha aproximadamente 11,300 devoluciones sumarias y más de 100 casos de homicidio. Los números reales podrían ser mucho más elevados. Aún cuando este trabajo es legal, ha habido múltiples cateos domiciliarios y lxs activistas terminan de manera frecuente en centros de detención policial.
Violencia legal, ¿ayuda ilegal?
En un pequeño pueblo en medio del bosque nos encontramos con Ewa Moroz-Keczynska. La etnóloga es directora del Departamento de Educación en el parque nacional de Bialowieza. Ewa nació aquí y, después de realizar estudios en Varsovia, regresó a su lugar de origen. Pocas personas comprenden el ecosistema local tan bien como ella, quien está profundamente preocupada por la contaminación de las aguas y por la retirada de los lobos a causa de la construcción de la valla fronteriza.
La gente de la región conoce a Ewa, muchxs desde la infancia. Hoy en día, la mayoría la admira y busca su consejo. Otrxs, en cambio, la evitan. Pero ni siquiera lxs derechistxs de la región se atreven a atacarla públicamente. ¿Por qué genera tanta polarización en su entorno? Ewa es una figura clave en el apoyo a las personas refugiadas. Todo comenzó en 2021. “Cuando encontré a personas hambrientas en el bosque, no pude mirar hacia otro lado”, recuerda. Ayudó con ropa y comida. En marzo de 2022 fue detenida junto a otrxs cuatro activistas, cuando ayudaban a una familia kurda a salir del bosque y llegar al pueblo.
La próxima vez que vemos a Ewa es en septiembre, cuando junto con lxs otrxs activistas aparece en el banquillo de los acusados. “Los cinco de Hajnówka”, así es como se les conoce. Invocando el artículo 264a del Código Penal polaco, la fiscalía ha construido una acusación por “complicidad en la estancia ilegal en Polonia”, enfrentándose a penas de hasta cinco años de prisión.
El juicio fue trasladado a Bialystok, donde hay una sala de audiencias más grande para poder acoger a todos lxs periodistas y al público interesado, que espera con gran expectación la sentencia. También están presentes las organizaciones contrapartes de medico en Polonia: lxs abogadxs de la Fundación Helsinki para los Derechos Humanos y el colectivo Szpila, que han apoyado a las personas acusadas desde el principio y presentan ante el tribunal una valoración experta de los cargos. Su objetivo es establecer un precedente positivo que deje claro, de una vez por todas, que la huida y la solidaridad no deben ser criminalizadas.
Al final del juicio, Ewa se pone de pie para pronunciar su alegato final. Mira a lxs representantes de la fiscalía a los ojos y pregunta: “Si salvar la salud y la vida es un crimen, ¿qué es entonces la indiferencia? Si hoy se nos condena, no se condenaría solo la ayuda, sino también la decencia humana más elemental. Nuestra absolución liberaría del estigma del delito a toda una comunidad que, en el momento más difícil, eligió la humanidad por encima de la indiferencia o la hostilidad. Déjenme seguir creyendo que vale la pena ser una persona decente.” El juez absolvió a las personas acusadas de todos los cargos pues, como dijo, ayudar no es un crimen.
Valeria Hänsel es investigadora especializada en temas de migración. En medico internacional se desempeña como experta en migración y huida y en las políticas del régimen de frontera europeo.
Kerem Schamberger es comunicólogo y está encargado del área de huida y migración en la oficina de relaciones públicas de medico internacional.
Desde 2021, medico apoya redes en defensa de los derechos de personas en busca de refugio. Así también en otros lugares de la frontera exterior de la UE, nuestras contrapartes brindan ayuda humanitaria de emergencia, asistencia médica, apoyo psicológico, así como asesoría legal para refugiadxs y migrantes. Por el derecho a la vida en dignidad, en todas partes.
