¿Comunidad internacional solidaria?

Nunca se trató de Ayuda

16 abr. 2025   Tiempo de lectura: 14 min

Marcada por el giro global hacia la derecha, se abre una nueva época en la cooperación para el desarrollo. Por Radwa Khaled-Ibrahim

Las transformaciones geopolíticas ocurridas entre el periodo de la posguerra y el inicio de la Guerra Fría dieron pie al nacimiento de la ayuda humanitaria de Occidente tal y como hoy la conocemos; la fundación de las Naciones Unidas llevaba consigo la promesa de un comunidad internacional basada en valores y consciente de su responsabilidad, mientras que los recursos destinados a la ayuda económica hacían ver a Occidente como el mejor de los mundos posibles. Estos recursos tenían como propósito influir en la conformación de bloques y, además, garantizar el acceso a materias primas. Con el derrumbe del orden mundial existente, también la ayuda humanitaria –que, siguiendo lo dicho por Elon Musk, “debería morir ya”– está puesta fundamentalmente en cuestión. Los triunfos de fuerzas derechistas a nivel mundial han transformado el mundo aún más rápido y de manera más radical de lo que quizás habíamos pensado, rebasando cualquier escenario para el cual podríamos haber estado preparadxs, incluyendo en la praxis de la ayuda. 

El recubrimiento liberal se derrite

Pocas semanas después del regreso de Donald Trump al poder, la autoridad estadounidense responsable de la cooperación para el desarrollo fue de facto suprimida; entretanto, 83 por ciento de los proyectos han sido suspendidos. Con ello, no quedó casi nada de la organización estadounidense de ayuda para el desarrollo, el mayor donante a nivel mundial. Las desastrosas consecuencias de esta decisión ya están a la vista: en los campamentos de refugiadxs financiados por USAID, la infraestructura de abastecimiento se volvió insostenible de una semana a otra, mientras que cientos de miles carecen de agua y de pan; los programas de vacunación se encuentran paralizados y las escuelas han tenido que cerrar. Esto resulta especialmente peligroso en el caso de enfermedades epidémicas o pandémicas como el SIDA o la polio. Miles morirán de manera completamente innecesaria a consecuencia de estas enfermedades a nivel mundial. 

Un desarrollo que resulta impactante, pero que para nada es específico de Estados Unidos. Frente al errático Trump, una Europa racional y consciente de su responsabilidad brilla por su ausencia. Precursor de ello es Gran Bretaña, país que, bajo el primer ministro derechista Boris Johnson y en medio de un gran escándalo, fusionó el Ministerio para el Desarrollo con el de Relaciones Exteriores, decisión cuyas consecuencias no han podido mitigarse hasta la fecha. Por ejemplo, la ayuda a países como Pakistán o Sudán del Sur fue reducida a la mitad, mientras que los recursos destinados a crisis humanitarias o a programas de cuidado del medioambiente han sido restringidos considerablemente; en países como Sierra Leona, que dependía enormemente de los apoyos británicos, el acceso recursos esenciales como agua potable, alimentos y medicinas se ha visto gravemente afectado. 

Con ello, Gran Bretaña no constituye la excepción en Europa. Quizás no es por casualidad que son precisamente los viejas potencias coloniales las que ilustran esta tendencia: Países Bajos redujo en 30 por ciento el presupuesto destinado a la ayuda para el desarrollo, reorientando los recursos hacia proyectos que “sirven a los intereses del país”; Bélgica recortó 25 por ciento del presupuesto para ayuda, mientras que Francia hizo lo propio, reduciendo un tercio del mismo. Entretanto, en el Reino Unido se ha dado una vuelta más a la tuerca con un recorte adicional del 40 por ciento a los recursos para la ayuda internacional y, casi simultáneamente, con el aumento de los gastos previstos para las fuerzas armadas. El Primer Ministro Keir Starmer describió está decisión como “extremadamente difícil y dolorosa”, justificándola con la creciente preocupación extendida en toda Europa por el compromiso vacilante de Estados Unidos frente a la seguridad europea. 

También Alemania está planeando un recorte drástico del presupuesto destinado a la cooperación para el desarrollo y otros temas humanitarios, coincidiendo a su vez con un aumento en el presupuesto militar; ya desde el último proyecto de presupuesto del gobierno de la “coalición semáforo” estaba prevista la reducción a la mitad de los recursos destinados a la ayuda humanitaria. Del acuerdo de las Naciones Unidas respaldado por Alemania, según el cual cada país debería poner a disposición 0.7 por ciento de su Producto Interno Bruto para temas de ayuda humanitaria y de cooperación para el desarrollo, no ha quedado nada. Con el nuevo Gobierno Federal bajo Friedrich Merz, esta tendencia se agravará aún más. 

Apenas la semana pasada nos enteramos que el Ministerio de Cooperación Económica y Desarrollo alemán no tendría el mismo destino que el Ministerio británico; según el acuerdo de coalición más reciente en Alemania, el Ministerio se mantendrá vivo. Sin embargo, se dejó en claro que, a partir de ahora, la política de seguridad dictará su agenda. En este tenor puede leerse lo siguiente en dicho acuerdo: “Necesitamos transformaciones de fondo en la política de desarrollo, que reflejen y den forma a las realidades económicas y geopolíticas del presente. [...] A la luz de nuestros intereses, pondremos énfasis en los siguientes ejes estratégicos: la cooperación económica y el aseguramiento del acceso a recursos naturales, el combate a las causas de la migración, así como a la cooperación en el sector energético”. 

“Valores”, la palabra suena bien y refleja algo positivo, pero no durante el cambio de época en que vivimos. Igualdad, democracia, paz, el sentido de comunidad y un actuar basado en el respeto a los derechos, también en el plano internacional: alguna vez partes elementales de un marco común de valores, ahora han quedado relegadas. 

¿Resulta sorprendente? La respuesta es no.

Ya desde antes, el marco de las relaciones internacionales se hallaba en una situación de fragilidad, que se ha vuelto tangible en la fase álgida de la política “basada en valores”. En aquel entonces, las guerras se tenían que justificar con la defensa de los valores liberales: Estados Unidos llevaba la democracia a Irak y al mismo tiempo liberaba a las mujeres iraquíes del patriarcado. En este contexto es que se introdujo el concepto de “embedded feminism” –feminismo integrado–, que describe la integración de una forma liberal de feminismo en el actuar destructivo del Estado para brindarle legitimidad. A la sombra de la intervención en Irak, se llevó a cabo una purga brutal en el servicio público, realizando una transformación neoliberal basada en la destrucción de la infraestructura social de ese país. En aquel entonces, la ayuda también jugó un papel. medico se refirió a ella como “embedded aid”, es decir, ayuda integrada. Esto expresaba que la ayuda se encontraba integrada casi exclusivamente a los intereses económicos y de defensa –en aquellos años de Estados Unidos en Irak, pero más tarde también de Alemania en Afganistán– y debía subordinarse a las respectivas estrategias de seguridad de los países donantes. En aquella época, la ayuda humanitaria sólo podía brindarse en acuerdo con los ejércitos combatientes y, por tanto, se convirtió en un instrumento político durante la guerra. Es decir, lo que ahora vivimos no es esencialmente nuevo; sin embargo, su agudización lo ha dotado de un carácter no visto hasta hoy. 

El cambio más importante consiste en la desaparición de la necesidad de justificación. Las políticas de intereses –antes presentes, pero mantenidas en silencio– ya no están bajo presión de ser encubiertas o justificadas a través de la ayuda, sino que son expresadas agresivamente y a los cuatro vientos. El interés nacional y chovinista del Estado aparece como legítimo y no requiere más de recubrimientos. El abandono de la idea de una comunidad internacional solidaria se lleva a cabo sin vergüenza alguna. 

El recubrimiento liberal se derrite bajo el sol ardiente del giro a la derecha y del cambio de época. Las personas del “mundo mayoritario” o del Sur Global, en cuyo nombre se decía actuar y que supuestamente debían sentirse protegidas y agradecidas por la generosidad de sus propios explotadores, nunca tuvieron una gran estima por ello. Como formuló Nicholas Mwangi de Kenia, coeditor del libro “Breaking the Silence on NGOs in Africa”, durante nuestra más reciente visita a dicho país: “Me arrancan nueve dedos, me devuelven únicamente el meñique y todavía se adornan con su generosidad”. 

Desde Irak, pasando por Afganistán, hasta Gaza: criticar la ayuda, para defenderla

El lema “criticar, defender y superar la ayuda” guía desde hace mucho el trabajo de medico. Sin embargo, ¿cómo puede mantenerse la necesaria crítica a la ayuda cuando sus principios están siendo cuestionados de manera tan sustancial? La crítica de la ayuda guiada por los intereses del Estado no estaba en contradicción con la puesta en práctica de una forma de redistribución de los fondos públicos en beneficio de las sociedades civiles en el Sur Global, las cuales de igual forma resisten precisamente frente a este tipo de prebendas. Si bien no hay sociedad civil que sea completamente independiente, la reducción del presupuesto en materia de cooperación para el desarrollo en Alemania disminuye a su vez el márgen de movimiento entre las ambivalencias de la ayuda. medico no es inmune a ello. Aún cuando la ayuda describe siempre una relación de poder de la que unx tiene que estar consciente, el derecho a la ayuda también significa –para una organización de derechos humanos que actúa desde el Norte Global– una de las vías de acceso a la solidaridad. 

Por ello, medico defiende la ayuda sobre todo en los lugares donde ésta es denegada como derecho humano, por ejemplo en Gaza. Porque superar la ayuda no significa abolirla ni renunciar al apoyo mutuo y honesto en tiempos de necesidad; superar la ayuda significa superar en comunidad las causas de la necesidad y no sólo aminorarlas; superar las injusticias es, en el fondo, una cuestión política de justicia. Sin embargo, para alcanzar la justicia global se requiere de solidaridad, así como del reconocimiento mutuo y recíproco en la lucha por una forma emancipada y autodeterminada de la vida, que puede adoptar características muy distintas según el contexto y el lugar. 

Superar la ayuda: el derecho a la vida

Los múltiples ataques recientes a la ayuda, a la sociedad civil y a los movimientos sociales son, en su esencia, un ataque a la idea de que los seres humanos, sin distinción, tienen derecho a existir, a vivir en dignidad y a decidir sobre sus vidas. Por esta razón, la praxis política de medico y de nuestras contrapartes consiste en hacer frente a la lógica de deshumanización, particularmente en tiempos de viraje hacia la derecha. Y es que, a pesar de todas sus ambivalencias, la ayuda hace posible el acceso de actores de la sociedad civil y otros actores políticos a una arena política que de otro modo está reservada tan sólo para los  Estados y los organismos multilaterales. Como explican Cornelia Möhring –vocera del partido alemán La Izquierda en temas de justicia global– y Andreas Bohne –experto en África de la Fundación Rosa Luxemburg– en un artículo sobre los recortes presupuestarios en materia de desarrollo, el sistema de ayuda es también un escenario en el que solidaridad global puede defenderse y redefinirse constantemente; es ahí donde puede formularse una perspectiva crítica del capitalismo desde abajo; es ahí donde surgen redes que fluyen entre movimientos políticos y sociales transnacionales que navegan entre el plano estatal y el multilateral. Dichas redes están, al mismo tiempo, enraizadas localmente, como por ejemplo el People's Health Movement o Vía Campesina. Es justamente esta arena y estos mecanismos los que hay que defender, no la ayuda en su forma actual. 

Los persistentes movimientos migratorios también expresan estas conexiones globales; la migración representa un desafío cada vez mayor al regreso a lo nacional y a las fantasías reaccionarias de aislamiento. Los movimientos migratorios son una realidad que representa más que un obstáculo para un autoritarismo en ascenso. La lucha por la libertad de movimiento que impulsamos junto a nuestras contrapartes es una lucha por el derecho a la vida y, en la misma medida, una lucha por la democratización y contra el nacionalismo en ascenso. 

Precisamente también en el ámbito de la salud –que no sólo debe entenderse como la ausencia de enfermedad, sino como la posibilidad de llevar una buena vida que no cause enfermedades– es que puede entenderse a cabalidad el principio de la ayuda como praxis solidaria. En lugar de respaldar la ola de nacionalización y del registro de patentes, enormemente acentuada por la pandemia de la COVID y que sólo protege intereses empresariales, nosotrxs, en sintonía con nuestras contrapartes, suscribimos la idea de entender los bienes de la salud como bienes comunes –commons– y nos posicionamos en contra de la patentación de las vacunas. Sólo de este modo se pueden tratar las crisis del presente y del futuro e incluso prevenirlas. 

Desde hace mucho trabajamos en esa dirección en conjunto con nuestras contrapartes, que se oponen a la privatización del sector salud y han construido infraestructuras sanitarias que hacen posible la atención médica para todxs. En Bangladesh, por ejemplo, Gonoshasthaya Kendra (GK) lucha por una atención médica autogestiva. Con sus más de 2500 colaboradorxs, GK organiza desde hace décadas servicios de salud básicos para más de un millón de personas, frecuentemente entre los estratos más desfavorecidos, en barrios marginales, fábricas textiles y áreas rurales. Al mismo tiempo, GK forma parte del People’s Health Movement y lucha en contra de las causas de las condiciones sociales que enferman a la gente. En tiempos de recortes de recursos a escala internacional, su ejemplo nos muestra que debemos tomar la ayuda en nuestras propias manos y que, para este fin, podemos brindar apoyo solidario. 

La solidaridad es un proceso

Criticar, defender y superar la ayuda es parte de una praxis solidaria, así como también de la construcción de visiones del futuro. Nosotrxs criticamos la ayuda allí donde ella, como un lobo disfrazado de oveja, le roba a la gente su dignidad, su capacidad de autodeterminación y su soberanía, persiguiendo únicamente intereses estatales o privados. El principio de que hay que superar las causas de la miseria que hacen de la ayuda una necesidad sigue siendo válido, ahora bajo condiciones más difíciles en el marco del giro global hacia la derecha. Nosotrxs defendemos la puesta en práctica de la ayuda mutua como praxis solidaria y como derecho humano –precisamente cuando este derecho se le niega a las personas– y la vemos como una puerta de acceso a la solidaridad, pero no como una meta final. 

La solidaridad no es una calle de dirección única que va del norte al sur. Ser solidarix significa construir espacios bajo las más distintas condiciones y considerando las diferencias entre lxs involucradxs, para dar forma al mundo. Mientras nuestras organizaciones contrapartes defienden y mantienen abiertos los espacios políticos dentro de sus contextos locales, pero también a escala transnacional, a nosotrxs se nos plantea la tarea de hacer lo mismo en Alemania y más allá. Espacios, en los que se puedan forjar visiones y formular exigencias, pues los ataques de los que son víctima no sólo tienen consecuencias en el presente, sino también en el futuro: en una visión del futuro, en la que pueda pensarse un mundo en común a partir de las periferias y desde la base. 

Radwa Khaled-Ibrahim es experta en ayuda de emergencia crítica en el departamento de relaciones públicas de medico. 


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