Comentario

Algo radicalmente diferente

Joker en Líbano. (Foto: Alain El Khoury)
Chile, Haití, Líbano, Irak… en todas partes la gente se manifiesta y asume su soberanía.

Por Katja Maurer

Una ola de protestas sin precedentes recorre el mundo. Tras la huelga climática mundial que concitó a millones de personas, el 20 de octubre de 2019 comenzaron las protestas en Haití, que aún se expresan en todo el país. La escasez de combustible gatilló el estallido y desde entonces arden las barricadas. El 25 de octubre, estudiantes de secundaria saltaron todas las barreras y asaltaron las estaciones de metro en Santiago de Chile debido a un aumento de tarifas. Desencadenaron un movimiento popular que ha perdurado a nivel nacional. Al mismo tiempo, en el Líbano, la introducción de un impuesto al WhatsApp impulsó a personas de todas la creencias religiosa a protestar en las calles. Algo similar ocurre por estos días en Irak, sin olvidar las protestas de los indígenas en Ecuador y en ninguna parte se puede predecir el desenlace.

Todos estos movimientos tienen una historia propia, que comenzó con la insurrección en Egipto y que desde entonces ha continuado en Sudán, Siria, Argelia y en muchos otros lugares. Una historia que proporciona lecciones para los luchadores activos y comprometidos. Por ejemplo, que con ganar una batalla no se logra la victoria. Está la experiencia egipcia, una herida dolorosa: a la caída de Mubarak le siguió la dictadura de Sisi, que es mucho peor que la dominación anterior. En ese entonces, los manifestantes aún confiaban en los representantes de los diferentes partidos. Hoy ya no lo hacen.

Un cartel escrito a mano por un manifestante chileno habla hoy por todos los levantamientos: "Mi mayor miedo es que esto se detenga y todo siga igual". Las semanas de manifestaciones dicen mucho sobre el hecho de que todos son conscientes de cuánto tiempo tomarán y lo riesgosos que serán estos conflictos para las personas. En las manifestaciones de los chalecos amarillos en Francia que duraron un mes, hubo al menos 82 manifestantes gravemente heridos. En Chile, 180 personas perdieron la vista a causa de balines de goma. En Haití, 40 personas murieron como resultado de violencia policial o de pandillas. En el Líbano, las milicias de Hezbolá atacaron a manifestantes protegidos por el ejército libanés. Ha habido informes repetidos de los enfrentamientos que rodean el bosque de Hambach por acciones extremadamente brutales de la policía, como un manifestante que abandonaron tendido en el suelo con graves heridas en la cabeza infligidas por la policía, diciendo "todavía está vivo".

Crisis de la democracia representativa

La desconfianza fundamental de las formas de gobierno existentes es algo común a las protestas en todo el mundo. En Chile se trata de un levantamiento contra toda la clase política, elegida democráticamente. En Haití, un representante estrechamente relacionado con los activistas de la diáspora exige en un programa de Al Jazeera que no solo el presidente, sino todo el parlamento sea destituido y llevado ante la justicia. En Ecuador, las negociaciones del presidente Moreno con el movimiento indígena Conai se llevaron a cabo frente a las cámaras hasta que se logró un éxito parcial, la retirada del aumento en el precio de la gasolina. Negociaciones secretas, cláusulas escritas por abogados de negocios en un lenguaje incomprensible, una obligación inescrutable de condiciones que no permiten otra alternativa, la subordinación del bien común a los intereses económicos, la privatización del estado, tienen profundamente conmovida la confianza en las instituciones y los representantes elegidos en muchos lugares en el mundo. De allí el deseo de transparencia total y las demandas fundamentales, aunque vagas, de un cambio de sistema que - incluso los presidentes que se autodenominan izquierdistas, como el recientemente dimitido Evo Morales en Bolivia - ya no representan.

El chileno Gabriel Salazar, un connotado historiador, Premio Nacional de Historia, explicó en estos días en CNN-Chile lo que en su opinión está sucediendo: no es otra cosa que una "revolución mental" de la ciudadanía que se gobierna a sí misma y se declara soberana. En el pasado, según Salazar, las masas tenían líderes y partidos. En parte, estaban organizados cuasi militarmente. Hoy, en cambio, hay un conjunto de individuos, singularidades, que rechazan explícitamente a todos y cada uno de los partido y sus líderes, a cada vanguardia y sus banderas. Los estandartes en las manifestaciones en Chile son banderas mapuche, es decir, símbolos de una era precolonial. Además de la bandera nacional tradicional, cada vez se ve más una bandera negra, en la que solo se pueden ver los rectángulos de la bandera anterior. El patriotismo también debe ser reescrito. Y a él pertenecen todos los que están allí. En Chile los haitianos, venezolanos y peruanos, en Líbano los refugiados de Palestina y Siria. Por lo menos, eso comienza a formarse. El rap más popular en Chile, escuchado y entendido por viejos y jóvenes, tiene el siguiente estribillo: "Acá estamos todos, cada uno a su modo, machacando cacerolas en los paros codo a codo. Abogados, profesores, estudiantes, vagabundos, doctores, ambulantes, los feriantes, todo el mundo. Uno a uno se hacen todxs" - uno por uno, nos convertiremos en todos.

Todo esto es muy estimulante. Incluso para los espectadores, se transmite la experiencia del propio empoderamiento, que reside en estas muestras de resistencia. Y sin embargo, aplica el proverbio: las fantasías de omnipotencia son el reverso de la impotencia. Por mucho que en todas partes haya disposición a emprender cambios, no está claro cómo podrían llevarse a cabo estas transformaciones necesarias de todo el sistema. Una élite global desmoralizada, que también habla de la necesidad de un cambio fundamental en su reunión anual de Davos, el movimiento antiglobalización de los años 2000, las rebeliones de la Primavera Árabe y las actuales revueltas globales convergen a este punto: en su impotencia y en la carencia de formas para la institucionalización de una nueva democracia y participación. Esto ha llevado hasta ahora a una victoria fatal y desalentadora del status quo. Es por ello que los dictadores árabes Sisi y Assad están (de nuevo) tan seguros en su silla porque muchos temían la imprevisibilidad de lo nuevo. La lección de los Sisis, Bolsonaros, Trumps y Höckes, es que el status quo parirá muecas cada vez peores para preservarse.

Tal vez será que el tiempo aún no está maduro, porque no hay una gran narrativa anticapitalista de lo nuevo, excepto el principio de que la dignidad humana debe ser inviolable en todas partes. Falta una idea de instituciones en las que se conciban e implementen en pequeños pasos procesos de transformación audaces hacia un mundo ecológico y organizado bajo el concepto de derechos humanos. Quizás uno debería observar las formas supraestatales, como la Unión Europea y las Naciones Unidas, que parecen calzar tan poco con la idea de transparencia y de nueva democracia, antes de creer que deben rechazarse. Pero como está claro que hoy en día las transformaciones profundas hacia una economía comprometida con lo humano y con la naturaleza, una contra-sociedad fundada en el sentido y el bien común solo puede tener lugar a nivel mundial, no es suficiente con la democracia de base de los cabildos, que hoy surgen en Chile por todas partes como autoorganización de la ciudadanía.

Pensar en la ruta

El poeta español Antonio Machado escribió una vez escribió "Caminante, no hay camino. Se hace camino al andar ". Puede suceder que uno se haga moretones y llagas, si no algo peor. Como el escritor alemán Franz Jung, quien en su novela autobiográfica "Der Weg nach unten" se describió a sí mismo como un escarabajo torpedo que continuaba intentando enérgicamente y con nuevas fuerzas romper el muro, en el que seguía rebotando. Entonces sabía por qué se arriesgaba. La revolución socialista era una conclusión inevitable para él, aunque enfrentaba a todos los actores de este gran cambio con sorna y distancia crítica. No está tan claro para qué alguien debería arriesgarse hoy. ¿Cómo puede lo nuevo conservar la razón, las lecciones de la historia, incluso sus lados totalitarios, y aun así desarrollar un pathos de esperanza que no solo sea alimentado por el apocalipsis? Ya no se podrá resumir esto en un par de palabras claras. Las certezas podrían convertirse en sepultureros de lo nuevo. El filósofo caribeño Èduard Glissant, por otro lado, propuso un "pensamiento del sendero". Este sería un "pensamiento no sistemático, intuitivo, frágil y ambivalente que se adapta mejor a la extraordinaria complejidad y diversidad del mundo en que vivimos". Un desafío para nuestra curiosidad y disposición para aprender. Hay desafíos realmente peores.


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