Política represiva contra los refugiados

No tan voluntario

Campamento Moria en la isla griega de Lesbos
Desgaste intencionado: refugiados sin perspectivas en el campamento Moria en la isla griega de Lesbos. (Foto: Holger Priedemuth)
A nivel mundial, los refugiados y migrantes son expulsados nuevamente de los países en los que buscaron amparo. En algunos lugares mediante la violencia cruda, pero en otros a través de programas dirigidos al llamado retorno “voluntario”.

El año 2017 estuvo marcado por la repatriación. En Alemania, en Europa y en otras muchas regiones del mundo, la repatriación de las personas a los lugares de donde habían partido para buscar protección o ingresos en otros países se ha convertido en el recurso preferido de la política de asilo y migración. Este enfoque corresponde a la lógica de las llamadas “sociedades de externalización” occidentales, que transfieren a otros países las consecuencias negativas del capitalismo global, tales como la huida y la migración forzosa. Ojos que no ven, corazón que no siente. A fin de que las sociedades de externalización ya no se vean obligadas a soportar el espectáculo de la miseria del mundo frente a sus ojos, no solo se procede a expulsar o rechazar el ingreso de los migrantes en las fronteras, recurriendo incluso a la violencia. También está tomando fuerza el fomento del llamado retorno “ voluntario”, que proyecta una imagen más humanitaria y parece ser más eficiente de implementar.

En este contexto, los actores como la Gesellschaft für Internationale Zusammenarbeit (GIZ, cooperación alemana para el desarrollo) ejercen un rol de importancia creciente, pues deben concentrarse en facilitar el retorno “ voluntario” y la reintegración de refugiados y migrantes. El 1° de marzo de 2017, entró en vigor el programa de retorno desarrollado por el Ministerio Federal de Cooperación Económica y Desarrollo de Alemania. Este brinda apoyo a las personas que no tienen perspectivas de asilarse en Alemania para que emprendan el retorno voluntario. Con la ayuda de “exploradores de la reintegración”, la GIZ debe construir “un puente entre el asesoramiento para el retorno en Alemania y la cooperación para el desarrollo en los países de origen de los refugiados y migrantes”. Son pocas las veces en que los afectados realmente tienen posibilidad de elegir. A menudo, la decisión de partir surge de la desesperación por una situación sin salida o para evitar la expulsión con prohibición de ingreso futuro que se esgrime como amenaza. La elección de los países receptores, con los cuales se implementaría esta medida, se basa en primer lugar en el interés de Alemania por librarse nuevamente del mayor número posible de refugiados. Por ejemplo, Irak y Afganistán – dos de los principales países de procedencia de los migrantes – forman parte del grupo de países de destino del retorno “ voluntario” fomentado por el programa, a pesar de que la situación de seguridad en ambos países es pavorosa.

“Se trata de exponer al mayor número posible de aquellos que consideramos indese ables a condiciones de vida insoportables, ajustando todos los días el cerco que los oprime, agrediéndolos una y otra vez con innumerables reacciones y agresiones racistas, quitándoles todos los derechos ya adquiridos, llenando de humo el panal y atacando su dignidad sin cesar, hasta que no les quede más opción que deportarse ellos mismos.” Así describe el intelectual camerunés Achille Mbembe nuestra realidad actual, que califica como la “era del nano-racismo”. La expresión de esta era es la política del desgaste y de la coacción indirecta, que empuja a las personas a acceder a su propia deportación.

Ramona Lenz

 


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