Preocupantes pronósticos

El malestar en la globalización

Posiciones en torno al trabajo psicosocial

 

Para el 2020, según pronostica la OMS, la depresión llegaría a ser la segunda enfermedad más frecuente en el mundo. Evidentemente, cada vez más personas se desesperan por sus condiciones de vida, sufren de estrés y de diversos temores, se sienten agobiadas, rendidas, experimentan violencia, exclusión social y falta de perspectivas.

En el sur global (entendido como zonas de exclusión y pobreza, independientemente de si se ubican en países del sur, el mal llamado tercer mundo, o en los países del norte), especialmente, las personas pertenecientes a sectores marginales sufren, cada vez más, problemas de salud de tipo psíquico y pocas veces poseen acceso a las estructuras de atención pública.

Frente a este desarrollo tan escandaloso se presentan preocupantes pronósticos. Pues, de manera considerable, crece no sólo el malestar en la globalización, sino también la tendencia a desvincular el sufrimiento de las circunstancias sociales que lo producen y explicarlo, en cambio, como meras patologías individuales.

En el norte global, mayormente, donde existe fácil acceso a la asistencia médica, las enfermedades psíquicas se tratan cada vez más con medicamentos o terapias basadas en una lógica eficientista de corto plazo. Las pautas de diagnóstico y los tratamientos estandarizados pretenden tener validez universal. La ayuda psicosocial tiende a convertirse, así, en un proveedor de servicios abocado a una industria de la salud orientada exclusivamente a obtener ganancias. Al mismo tiempo que se le adjudica al individuo la responsabilidad de los temores que subyacen en la sociedad y la existencia de enfermedades psíquicas, se le impone la obligación de autooptimizarse. El derecho a la salud se convierte en una obligación que, de manera creciente, debe ser satisfecha individualmente.

Para este modelo, las circunstancias no son el problema, sino la gente en sí misma. En el aumento de diagnósticos como depresión, trastorno de estrés postraumático (PTSD, por sus siglas en inglés), trastorno de hiperactividad con déficit de atención (THDA), entre otros, se refleja no sólo una individualización de los problemas sociales, sino también un modo neoliberal de subjetivación, el cual permite un nuevo control del comportamiento así como disciplinamiento.

Colonización de los “mundos de la vida”

(El concepto de Lebenswelt – mundo de la vida - se refiere a todos los actos culturales, sociales e individuales a los cuales nuestra `vida´ no puede sobrepasar. Habermas empleó este concepto en su Teoría Crítica junto al concepto de Sistema)

Lo que hoy llamamos globalización se revela, en una consideración más precisa, como el desencadenamiento global del capitalismo. Actualmente, el sistema económico capitalista ha llegado hasta el último rincón de la tierra, aunque con efectos diferentes en diversos lugares del planeta.

El éxito del capitalismo se basa, en definitiva, en estandarizar la vida humana en todas sus expresiones, de tal manera que ésta pueda ser subordinada, de manera predecible, a las exigencias de una economía orientada al crecimiento y la ganancia. Desde hace tiempo, no se trata solamente de la explotación de la fuerza de trabajo, sino de la capitalización de todos los ámbitos de la existencia humana – de la alimentación, de la educación, de los sentimientos, de las relaciones sociales, de la comunicación, incluso del propio organismo, del cual se saca provecho, cada vez más, mediante la tecnología genética, la medicina reproductiva y el comercio de órganos.

La globalización no ha posibilitado un aumento de la libertad y la individualidad, sino un sometimiento progresivo de todos los ámbitos de la vida, incluso el privado, bajo la racionalidad instrumental fijada por la economía de mercado y la violencia. El estrechamiento del campo de acción individual va acompañado por una invasión cada vez más frecuente del cuerpo, los afectos y las instituciones, todo ello atravesado por un pensamiento calculador, una “colonización del mundo de la vida” (Jürgen Habermas). El ser humano se convierte en Homo oeconomicus, transformándose a sí mismo en un apéndice intercambiable de una economía todopoderosa.

En tal sentido, el ideal implica considerar al ser humano como un “bioautómata” que garantice un proceso de producción sin perturbaciones, es decir, que acepte la exclusión sin quejas, que no llame la atención en la escuela, que no sea beneficiario de un seguro social que lo convierta en una carga, pero que hasta la vejez consuma mercancías y servicios ligados a su salud y fortalecimiento. En definitiva, no se considera más al cuerpo humano como algo privado, sino como objeto de control biopolítico (Michel Foucalt) y, finalmente, de su mero aprovechamiento.

Erosión cultural

“There is no such a thing as society” (“No hay tal cosa como la sociedad”), declaró la Primer Ministro británica, Margaret Thatcher, al final de la década de los 80 en el siglo pasado, delineando así el programa de transformación mundial dirigido a una economía radical de mercado. Desde entonces las sociabilidades, creadas de forma solidaria en todo el mundo, fueron vaciadas allí donde existían, mientras que las instituciones públicas de previsión y servicios básicos fueron privatizadas. En tal contexto, los servicios de salud, educación y cultura contribuyen cada vez menos a la configuración de condiciones de vida dignamente humanas, decayendo hacia “modelos de negocios” regidos por índices comerciales: en las clínicas europeas no se trata ya de proveer la mejor atención, sino de aprovechar del modo más eficiente posible las camas disponibles; en las comunas, se trata de “restringir” presupuestos con éxito; en medios como la televisión, se trata de índices de audiencia; en el cine y los museos, de la maximización en los números de espectadores y/o de visitantes; en escuelas y universidades, de aprobar cada vez más alumnos, estudiantes de grado y doctorandos; en la investigación, de cosechar éxitos a través de aportes de terceros, de cuotas de citación y del número de patentes obtenidas. La salud se convierte en mercancía, médicos y profesores se transforman en empresarios, mientras que estudiantes y pacientes son considerados clientes. Bajo estas circunstancias no resulta sorprendente que también las terapias psicológicas deban demostrar, “basadas en la evidencia”, un rápido éxito y deban estandarizarse en módulos limitados de tiempo.

El avasallamiento de la sociabilidad sometida a intereses económicos y de poder tiene consecuencias trascendentales. El principio de responsabilidad social fue reemplazado por un concepto de responsabilidad individual de corte neoliberal. Se creó una nueva visión de la humanidad, en donde la responsabilidad por la situación de las personas atañe mas a los propios individuos que a las condiciones sociales que la provocan. En la actualidad se considera tendenciosamente, no sólo en los medios sensacionalistas, que los individuos son culpables de su pobreza o de tener que huir para refugiarse. Sin embargo, sin seguridad social, sin sociabilidad, la idea de una responsabilidad individual sólo puede terminar en un egoísmo basado en el interés personal – cuando no en su reverso, la obligada exclusión social.

En efecto, así como con la transformación hacia un mundo neoliberal ha disminuido la importancia de una convivencia solidaria, también se ha extendido el miedo y la indiferencia social. El hecho de que al mismo tiempo haya crecido la sensación de justicia no constituye una contradicción, puesto que la justicia se vincula cada vez menos a los derechos universales. Tampoco es considerada en relación al derecho de los otros, en lugar de ello, se la vincula sólo con los derechos individuales. De esta manera se entiende, claramente, como se imprime en la conciencia de las personas el mensaje neoliberal “si cada uno piensa en sí mismo, también piensa en todos” – incluso en las representaciones de aquellos que más sufren con la “erosión cultural”.

De esta manera, la solidaridad y la empatía se ven amenazadas en la actualidad, cada vez más, por un egoísmo exacerbado. Sólo uno puede ser el ganador, dicta el mensaje de los programas más exitosos de la televisión. Durante toda la vida, desde la guardería hasta el geriátrico, prima la competencia de todos contra todos. Los perdedores son condenados al escarnio y la humillación, lo cual provoca sentimientos de vergüenza y temor, emociones psíquicas frente a las cuales se necesitan mecanismos de defensa psicológica.

Al no cumplirse las grandes promesas del capitalismo, esto es, la libertad y la autonomía, se impone hoy en todos lados, una demanda de resarcimiento difícil de satisfacer. Este resarcimiento tiene un carácter ilusorio y puede manifestarse tanto a través del consumo incesante de mercancías fetichistas como de sobrevaloraciones étnicas sustentadas en cierto fundamentalismo basado en la identidad. En ambos casos, tanto en el goce egoísta, así como en su limitación, no se trata de un “opio

p a r a el pueblo” (en el sentido de ceguera ideológica y manipulación), sino de un “opio d e l pueblo” (en el sentido de una necesidad propia de satisfacer nuestros deseos y resguardarnos frente al peligro).

Contra el temor al fracaso y a la sensación de inutilidad sólo queda una búsqueda infructuosa y eterna de una identidad para la cual, sin embargo, ya no existen puntos firmes de referencia. El esfuerzo permanente por entender el efímero contexto en el cual dichas identidades tratan de desarrollarse no permite a los sujetos ningún tipo de planificación. El resultado de esta búsqueda, en gran medida volátil, es una “conciencia intermitente” en cuyo fuero interno reina el desasosiego, lo cual sirve al mantenimiento del sistema. De manera impactante, la sensación de desasosiego se corresponde con la omnipotencia del mercado, cuyo mundo icónico altamente volátil requiere del individuo una agitación fugaz pero asimismo permanente. Teniendo en cuenta que dicha búsqueda no llega nunca a su objetivo no es sorprendente que se prolongue el agotamiento mental. El emprendedor deviene entonces en un “ser agotado”, es decir, deprimido.

Supervivencia del más apto

Estas dinámicas se observan no sólo en el hemisferio norte, sino que se han impuesto en todo el mundo. En el sur global, no obstante, la exclusión social no sólo va acompañada de violencia estructural sino de violencia directa, relación que se ha vuelto más estrecha y a la vez más invisible. El politólogo Peter Lock habla de la cotidianización de la violencia criminal y de guerra como regulador de la globalización neoliberal, la cual ha producido, por un lado, una extrema concentración de la riqueza y, por otro lado, zonas donde prolifera la exclusión social. En lugar del pronóstico de la aldea global con sus mercados autorregulados de manera óptima, el mundo se ha transformado en un laberinto de muros, cercas y barreras virtuales permanentes, que marginan a los seres humanos y reducen su participación en la globalización neoliberal, en el mejor de los casos, a la mera propagación de relaciones de explotación escandalosas.

La pirámide de exclusión social se manifiesta también en nuevos ordenamientos geográficos y modificaciones urbanas agresivas. Complejos residenciales cerrados herméticamente y rascacielos protegidos se erigen sobre un mar de asentamientos marginales, en un paisaje común que caracteriza a todas las “ciudades globales”. En cada nivel de fragmentación social y espacial de esta pirámide, el ánimo de las personas está determinado por el miedo a descender; la marginación y el encierro se convierten en ejes centrales en la conformación del estilo de vida. Al menos 1,4 billones de personas habitan en los asentamientos marginales de estas ciudades, allí, en la base de la pirámide, donde comienza la esfera de la “sociedad oculta”. Las realidades de vida que allí se desarrollan se encuentran en gran parte fuera del alcance del sistema previsional y de seguridad estatal. Como producto de esta desprotección se forman estructuras organizativas mafiosas compuestas por diversos “padrinos”, bandas o también sectas fundamentalistas y/o agrupaciones terroristas cuya economía regulada violentamente está, sin embargo, estrechamente vinculada con la economía legal.

Este es el contexto que caracteriza la realidad subjetiva de las personas que viven en esta “sociedad oculta”: una permanente competencia regida por la “supervivencia del más apto”, la violencia social y sexual, la desprotección, la ausencia de derechos y la pérdida del sentido de empatía y de solidaridad.

El significado concreto de esta situación lo experimentamos a través del intercambio con nuestras contrapartes en más de 30 países, con las cuales estamos vinculados desde hace muchos años: desde México escuchamos que los migrantes que viajan desde Centroamérica hacia Estados Unidos deben subirse a trenes de carga en movimiento para poder desplazarse sin ser detectados y al hacerlo a veces pierden sus brazos, piernas o incluso la vida. A menudo son asaltados y desvalijados cuando toman un descanso cerca de las vías del tren, puesto que existen bandas locales que los están esperando; varios de ellos son secuestrados, a fin de obtener un rescate que provendrá de la desesperada familia que se quedó atrás o los espera en el destino.

Hemos tomado conocimiento de que en asentamientos precarios del centro de la ciudad sudafricana de Johannesburgo, donde habitan millones de personas, se encuentran muchas mujeres congoleñas que han huido de su país luego de haber sido violadas. Debido a que no tienen nada con que vivir, a veces, ellas ofrecen su cuerpo a sabiendas que quizás serán pagadas con el virus del sida. Las mujeres viven en un estado de permanente amenaza, tanto de violencia individual como estructural que se entrecruzan confusamente. Desde KwaZulu-Natal, una provincia en Sudáfrica caracterizada por la violencia política, la pobreza estructural y una alta tasa de VIH/SIDA, las contrapartes de medico informan que cada vez más a menudo los enfermos de sida son asaltados al regreso de la clínica para robarles sus medicamentos, con el fin de obtener la droga sintética Whoonga. Whoonga es la nueva droga barata de los adolescentes marginales que se propaga de manera tan rasante, así como la desesperanza de poder, alguna vez, tener acceso a la educación o encontrar un trabajo digno.

Incluso en estas realidades donde la pobreza y el fracaso son atribuidos al individuo y no a las circunstancias sociales y económicas que los provocan, las personas buscan resarcirse a costas de sus pares o demonizando a otros grupos de marginados. Casi nadie espera comprensión y asistencia a través de los tradicionales lazos familiares y vecinales, ni tampoco a través de otras instituciones de protección social, sino que, en el mejor de los casos, esperan que esta caridad provenga del ámbito privado. Las personas que no pueden hacer frente a esta realidad, viven esta situación de violencia y de conflictos familiares como producto de su propia incapacidad, lo cual hace que se sientan fracasados y experimenten al mundo como algo que no pueden crear o cambiar. Esto los expone a padecer de enfermedades mentales, al abuso de alcohol y drogas, así como a promesas de salvación religiosa.

Ambivalencia de la ayuda

“Fuerza de intervención rápida para el alma” es el nombre de una publicación de medico, con la cual comenzamos a argumentar hace 15 años en contra de la definición del trauma como trastorno (el llamado “trastorno de estrés postraumático”, PTSD), el cual saca de contexto un sufrimiento causado socialmente y lo convierte en un problema de salud individual. El trauma es considerado, en este concepto, no como una reacción “normal” a la experiencia “anormal” de violencia humana, sino como un problema de salud particular susceptible de ser tratado con terapia psicológica. En la actualidad, se observa cada vez más claramente que lo que se encuentra en agenda no es el esfuerzo para evitar una experiencia traumática, para modificar condiciones sociales inhumanas, sino la adaptación de las personas a los horrores de la realidad, el fortalecimiento de su “resiliencia”, de manera de poder soportar esos horrores.

Esta privatización del sufrimiento social a través de prescripciones diagnósticas de nuevas enfermedades inventadas ocasionalmente ha avanzado en forma considerable; THDA, Burnout, ataques de pánico y depresión como “patologías psíquicas” se convierten en fenómenos masivos, y son tratadas mayormente con terapias (breves) y medicamentos. El registro estandarizado del malestar como enfermedad individual, en el mundo globalizado, permite controles estigmatizantes y su consecuente explotación. El consumo de psicofármacos ha crecido vertiginosamente en el mundo; los mercados del sur global son el nuevo ámbito de negocios de la industria farmacéutica. Hallazgos neurocientíficos proporcionan el trasfondo ideológico de que el sufrimiento psicológico sería sólo un trastorno funcional del cerebro. Incluso las personas en el Congo, en Uganda o en Afganistán, que tuvieron que sufrir experiencias de guerra extremas – en ocasiones durante décadas – suelen ser “tratados” con psicofármacos o terapias a corto plazo.

El progreso, al parecer, no es nada más que la adaptación de una recalcitrante subjetividad a la norma del poder y la economía. Sin embargo, no es el progreso el que configura el continuum de la historia, sino el sufrimiento. Las utopías sociales no se alimentan de un ideal abstracto, sino de la experiencia del sufrimiento y de la rebelión contra la injusticia asociada.

En dirección opuesta a la creciente desesperación se percibe también una rebelión contra estas circunstancias. También en este punto se expresa el creciente malestar. Ya sea como combatientes solitarios, como parte de movimientos sociales, sindicatos o como asociaciones de derechos humanos, la gente en todo el mundo exige condiciones que le brinden nuevas opciones para la acción y le propongan nuevas perspectivas. “Una cultura”, según Sigmund Freud, “que deja insatisfecho a un número tan grande de sus miembros y los empuja a la rebelión, no tiene perspectiva de mantenerse en el tiempo ni se lo merece”.


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