Acerca de deudas malvadas y de responsabilidad global

El ejemplo haitiano muestra cómo un sistema de deudas externas empuja a un pueblo desprotegido a una catástrofe

De cuando en cuando, sobre todo en momentos extremos y contextos catastróficos, se hacen evidentes los peligros asociados al curso inestable y azaroso inherente al desarrollo de la historia. Éste es el caso de la crisis bancaria, que hizo imposible ignorar el potencial destructivo del neoliberalismo. También es el caso del terremoto en Haití, en el que 250,000 personas hallaron la muerte y 1.5 millones se quedaron sin vivienda. Desde esta perspectiva, está prohibido hablar de responsabilidad mundial, se hace necesario encontrar a los responsables, porque las catástrofes siempre contienen aspectos que son resultado de “creación humana”, incluso las ocasionadas por las “fuerzas naturales”. El peligro no reside en las inundaciones en sí mismas, ni en los terremotos, ni en los tifones, sino en la concomitancia de tales fenómenos con la respectiva “vulnerabilidad” de los habi-tantes.

La vulnerabilidad (del latín: cualidad de la capacidad de ser herido) es un fenómeno complejo. Es especialmente significativa cuando personas en circunstancias inseguras se ven obligadas a vivir en donde hacen falta sistemas de alerta pronta e instituciones públicas que en momentos de desafío tengan la capacidad de prestar ayuda confiable. En cambio, incluso en situaciones de gran emergencia, son menos vulnerables cuando pueden recurrir a la ayuda del Estado, contar con sistemas públicos de solidaridad o con pagos de seguros que puedan subsanar las pérdidas sufridas (por lo menos las materiales).

El terremoto en Haití afectó a una sociedad muy vulnerable, casi como ninguna otra. La falta de una infraestructura eficaz tiene como consecuencia que incluso borrascas tropicales se puedan convertir en un desastre natural y un terremoto, en una catástrofe. Haití es considerado el hospicio del hemisferio occidental, un lugar abandonado por Dios, sin perspectivas; la parte olvidada de una isla caribeña por lo demás muy apreciada por turistas. Si uno cree las declaraciones de los ministros de finanzas del G8, esto va a cambiar muy pronto. La catástrofe, se dice, también dará oportunidad a una apertura. Se discute la condonación de las deudas externas de la isla. ¿Se trata de un acto de apoyo en un momento de gran emergencia? No, es un acto que visto de cerca se remite a un escándalo que tiene ya 200 años de duración.

Sin lugar a dudas, el endeudamiento externo es uno de los problemas más grandes de Haití. De manera indignante, éste se remonta hasta los tiem-pos de su independencia, en 1804.

Todo aquél que antes dudaba de la existencia de las llamadas “deudas odiosas”, será mejor instruido reflexionando en este caso. En 1825, el poder colonial francés, por medio de presión militar, se impuso para que Haití pagara como compensación por su independencia 90 millones de francos de oro (aproximadamente 17 mil millones de euros de hoy). En ese entonces, esta suma constituía diez veces el ingreso del Estado. Esto debía subsanar las pérdidas sufridas por los dueños de plantaciones que a partir de ese momento ya no serían capaces de explotar a sus esclavos.

Para poder cubrir las obligaciones de pago impuestas el país tuvo que absorber extensos créditos durante el siglo XIX y, a la vez, exportar todo lo que permitiera generar algún tipo de ingreso. En aquel entonces se dio cauce a una explotación hasta el agotamiento de sus recursos naturales; lo que finalmente condujo al colapso del equilibrio ecológico de la isla. Inexorable, Francia recolectó el último pago en 1947 (122 años después). Cuando, en oposición, Haití solicitó la devolución de la modesta suma de 4.6 millones de dólares que en 1986 se encontró en una cuenta bancaria suiza del dictador haitiano caído Jean-Claude Duvalier, llamado Baby Doc, mínima, en comparación; la petición permaneció sin respuesta. A principios del febrero de 2010 la corte suprema suiza decidió que los delitos de los que el dictador era acusado eran anacrónicos y, por lo tanto, la restitución del dinero ya no era posible. Esto hace posible concluir que en el contexto internacional la tortura y el asesinato en contra de pobres y desempoderados se vuelven anacrónicos muy rápidamente, en cambio, cuando los hombres se liberan de la esclavitud y la opresión, los poderosos no se los perdonan nunca.

La deuda externa actual de Haití asciende a más de mil millones de dólares. Se remonta, en gran parte, a los tiempos de la dominación de terror de los Duvalier, que junto con la cooperación de financiadoras internacionales dirigieron al país de 1957 a 1986; se dice que tan sólo Baby Doc sacó más de 500 millones de dólares al extranjero. Durante su poder, entre menos recursos fueron destinados al sanea-miento de calles, al sistema educativo o al mejora-miento del suministro de energía eléctrica, más y más fondos acabaron en sus cuentas bancarias suizas y fueron destinados para el pago de la deuda. Así, Haití terminó bajo el dictado estrangulador del Fondo Monetario Internacional, quien activamente ayudó a ahuecar al sistema público hasta su total desfiguración.

Por último, el país se hallaba bajo la administración de facto de las Naciones Unidas, quien no nada más se ocupaban de la seguridad, sino también de las decisiones políticas estratégicas. Por ejemplo, con fondos de la Unión Europea (UE) se impulsó la construcción de una carretera de conexión con la vecina República Dominicana para facilitar la comercialización de los excedentes agrarios estadounidenses. Lo que el país pedía de la UE era la construcción de la infraestructura rural, lo que obtuvo fue, en cambio, el tiro de gracia para su propia industria agrícola.

Mucho antes de que Puerto Príncipe se hundiera en los escombros del terremoto, el estado de ex-cepción ya se había vuelto normal para la población afroamericana. Desde que los antiguos escla-vos se desprendieron de la explotación colonial y exigieron las ideas del humanismo y la ilustración para sí mismos, no han recibido de Europa (y posteriormente de EUA) nada más que su desprecio punitvo y su tutela paternalista. Por último, a los haitianos no les quedó literalmente nada más que la oportunidad de volverse maestros en el arte de la supervivencia propia.

Lo que reina en Haití hoy en día no son ni el caos ni la violencia, sino un recelo profundo hacia todo lo que viene de fuera. Esto es lo que perciben también los socorristas extranjeros tan pronto como se embarcan en las circunstancias reinantes y se aventuran a mirar al país no nada más como un campo de acción. Quien, en cambio, en presencia de cámaras de la CNN, lance víveres desde un helicóptero, no debe sorprenderse de que tal “ayuda” acabe en riña. Es natural que gente hambrienta apañe. Pero también es tema de reflexión, sin embargo, que en tiempos de la posguerra alemana el hurto famélico fuera llamado con la bendición del arzobispo “fringsen”, pero que cuando los haitianos son los que están implicados en ellos, en cambio, la misma acción sea declarada saqueo.

Tales imágenes legitiman la presencia de las tropas estadounidenses y el estereotipo de los salvajes incivilizados a partir del cual el “Consejo de Relaciones Exteriores” (un Think Tank de Washington) lanzó su demanda de “poner a la isla bajo una administración internacional forzosa”. Aunque el país dependa ahora en gran arte de la ayuda internacional, es importante que el apoyo recibido no prepare el terreno para su recolonización más extensa, lo que haría del acto de liberación de 1804, finalmente, tan sólo episodio histórico.

Thomas Gebauer, Director administrativo de asistencia médica social y organización de derechos humanos medico international

Traducción: Medicina social (www.medicinasocial.info) - volumen 5 , numero 3, septiembre de 2010


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