Aniversario

50 años de medico international

Ayuda de emergencia en Bangladés a comienzos de los años 70. (Foto: medico)
Puede que el mundo se haya salido de sus casillas, pero sigue siendo un planeta colorido, lleno de contrastes. Y es precisamente en estos contrastes que nacen también las posibilidades de la emancipación. Por Thomas Gebauer

A fines de los años 70, el personal de medico comprendía seis colaboradores que realizaban su servicio civil y tres empleados con contrato fijo. Todavía no existían las computadoras, ni el fax… y menos todavía Internet. Nos comunicábamos por correo postal con las contrapartes del hemisferio Sur. Muchas veces las respuestas tardaban semanas en llegar donde nosotros.

Hoy en día, medico cuenta con 40 colaboradores y colaboradoras, y nuestro equipamiento técnico ha mejorado mucho: estamos activamente conectados en redes con personas en todo el mundo y contamos con un amplio conjunto de recursos. Sin duda, los cambios son grandes. Actualmente, podemos reaccionar mucho más rápido ante cualquier situación de emergencia aguda y prestar nuestro apoyo a las iniciativas de las personas que luchan por mejorar sus condiciones de salud en forma mucho más amplia y dirigida. El año pasado, medico ha dado apoyo a más de 120 proyectos en 30 países. Todo esto indica crecimiento y éxito… pero es una verdad a medias. Porque en las décadas pasadas, no solo ha crecido el marco de acción de medico, sino también ha aumentado la necesidad de ayuda, debido a la radicalización de la economía de mercado en el mundo. En los últimos años, la destrucción de las bases de subsistencia dignas para todas las personas ha ido avanzando cada vez más rápido.

Y muchos recién han podido formarse una idea de las terribles desgracias que aquejan al mundo de hoy cuando llegaron a nuestras fronteras centenas de miles de refugiados. Sin importar los motivos – guerras, hambre o falta de oportunidades – el hecho es que cada vez más personas ven una sola salida para su situación: emprender el éxodo.

Esos son los cambios reales que hoy en día determinan nuestra labor. Si bien la integración de los países del Sur en un mercado global volcado al crecimiento y la rentabilidad ha acortado distancias entre continentes, también ha creado brechas muy profundas.

El crecimiento y el progreso parecen haber dejado de lado a grandes grupos de la población mundial. Estas personas solo fueron integradas al mercado mundial en el nivel más bajo: como mano de obra barata, por ejemplo en la industria textil global, como jornaleros en la producción de bioetanol o aceite de palma, y como compradores de alimentos industrializados vendidos con sobreprecio y producidos en condiciones insalubres, cuyo consumo – sin embargo – les sugiere fatalmente que forman parte de la era moderna.

La ayuda por sí sola no basta

Hoy en día, la labor de medico tiene lugar en este campo de tensión entre integración y exclusión, entre aceleramiento y parálisis. Damos apoyo a aquellos que no viven el progreso como una liberación de la miseria y la necesidad, sino en primer lugar como un dramático incremento de la inseguridad social.

Para una organización que tiene la certeza de que la salud se basa sobre todo en la justicia social y la participación democrática, tales circunstancias representan un gran desafío. La ayuda humanitaria por sí sola no logra resolver la precariedad de la creciente desigualdad social. Aun así, la necesidad de apoyo sigue aumentando. Tenemos que reaccionar cada vez más rápido y en forma más completa, y a veces no queda tiempo para reflexionar sobre nuestro accionar propio.

Sin embargo, esta reflexión es muy importante. Por más miseria que haya que combatir, es necesario impedir que nuestra labor derive solo en un constante ajetreo. Un trajín en que siempre nos esforzamos por optimizar los medios y perdemos de vista el objetivo. Con gran escepticismo vemos que actualmente muchas organizaciones de ayuda basan su éxito en el número de suministros de emergencia entregados, en rutas de transporte que funcionan en forma impecable, en un meticuloso registro contable y en informes entregados puntualmente. Pero en medio de ello, se pierde la idea de lo que significa una vida digna.

También esto forma parte de los cambios de los que fuimos testigos en las décadas pasadas. Cada vez se hace más difícil la defensa del sentido en sí de la acción social y de su contenido emancipador contra la orientación de la ayuda hacia los criterios de la gestión empresarial. La advertencia de Einstein – no todo lo que se puede medir cuenta, y no todo lo que cuenta se puede medir – parece haber caído en el olvido mientras se vive esta precaria “visión de empresa” de la ayuda.

Bajo estas circunstancias, los grandes objetivos, como el desarrollo de la justicia social, o lo que llamamos la democratización de la democracia, o la reflexión sobre una economía no basada en el crecimiento, se dejan de lado. Pero allí están precisamente los cimientos de nuestro quehacer.

Por decirlo de algún modo, se trata de continuar con ese proyecto político y cultural vinculado al año 1968, el año de la fundación de medico: la emancipación como prerrequisito para la autonomía de decisión en nuestras vidas.

Tomando en cuenta este fundamento político de la ayuda, no vemos en ella una mera ocupación académica y menos aún un lujo. La ayuda para superar la miseria y la dependencia de forma sostenible forzosamente debe tomar en cuenta las circunstancias que han hecho necesaria esta ayuda. Solo así es posible preservar nuestra visión: la posibilidad de un mundo diferente y más solidario.

Las cosas no tienen por qué ser así

En medio de las crisis que nos rodean, surge asimismo la idea de que las cosas pueden ser distintas... que no se trata de crisis sin alternativas, que la salvación es posible. Cuando la inseguridad social de las personas aumenta, nace también la rebelión. Con ello, crece el grupo de los que no resignan a aceptar el estatus quo, de los que pugnan por lograr un cambio.

En los proyectos de nuestras contrapartes ya es posible descubrir este enfoque diferente. Surge, por ejemplo, en Guatemala, una sociedad marcada por la violencia de las mafias, donde un osado grupo de juristas lucha por poner fin a la impunidad y aldeas completas desarrollan formas de vida basadas en la autogestión. Se observa también en São Paulo, donde el movimiento de los sin techo ha convertido en viviendas los edificios deshabitados. Aparece en los admirables esfuerzos de los estudiantes afganos, quienes en medio de la crisis y la guerra se concentran en analizar “teorías críticas” sin la ayuda de bibliotecas en condiciones operativas. Se descubre en las poesías que plasman en el papel el sufrimiento y los anhelos de los jóvenes refugiados. Y vive en la valiente resistencia de los pequeños campesinos africanos, que defienden sus tierras contra la apropiación ilícita y la economía extractiva. Y numerosos casos más.

El nexo que une estas “islas de la sensatez” es la idea de una globalidad distinta – un modo de vida no basado en la competencia y el egoísmo, sino en la compasión y empatía, la curiosidad y la creatividad.

Puede que el mundo se haya salido de sus casillas, pero sigue siendo un planeta colorido, diverso y lleno de contrastes. Y es precisamente en estos contrastes que nacen también las posibilidades de la emancipación. Los medios de salvación están por doquier. Este es el pensamiento que medico ha hecho suyo y ha elegido como lema para su quincuagésimo aniversario.


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