
En 2007 se celebró el Foro Social Mundial por primera vez en África. La ocasión reunió en Nairobi, la capital de Kenia, a activistas llegados de todo el mundo. Muchas de las iniciativas africanas tuvieron entonces también oportunidad de intercambiar experiencias por vez primera. El Movimiento por la Salud de los Pueblos (MSP), del que Medico International es miembro, organizó uno de los mayores debates. La discusión se centró en las consecuencias de la política neoliberal de privatización del sector salud y las perspectivas de los numerosos focos de protesta. Se presentaron ponencias sobre experiencias en la propia Kenia, pero también en Corea, Brasil, India, Guatemala, Sudáfrica y EEUU.
Entre los presentes se encontraban representantes del Community Working Group on Health (CWGH) de Zimbabwe, miembros también del MSP. Desde hace diez años trabajan de la mano junto a médicos y médicas, enfermeras y enfermeros, iglesias, sindicatos, organizaciones de mujeres y grupos de defensa de los derechos humanos para impedir el colapso del sistema sanitario. Presentaron con enorme elocuencia sus esfuerzos por detener una tendencia que cada vez permite a menos personas el acceso a medicamentos necesarios para la vida y a una asistencia sanitaria básica. Impresionados por el trabajo y la dedicación de los activistas del CWGH, acordamos reunirnos de nuevo durante las jornadas del foro.
Cuando visitamos Zimbabwe, en verano de 2007, pocas cosas funcionaban en el país, excepción hecha de la omnipresente represión política. Apenas circulaban vehículos: los peatones se habían apoderado de las grandes avenidas de Harare, la capital. El motivo de la inquietante quietud de la ciudad había que buscarlo en el hundimiento del suministro de combustible y la explosión de los precios en el mercado negro: sólo los pocos privilegiados que habían conseguido bonos para la gasolina podían sentarse al volante de sus vehículos.
Tan desiertas estaban las calles como las tiendas de alimentos. Después de que el partido en el gobierno, la Unión Nacional Africana – Frente Patriótico (ZANUPF), forzase un demostrati-va reducción en el precio de los alimentos, la gente, presa del pánico, hizo acopio de los pocos alimentos todavía disponibles; habida cuenta de una inflación anual cercana al 7.000 %, una reacción comprensible, pero poco sostenible, en la lucha diaria por la supervivencia. En aquel momento podían comprarse 230.000 dólares de Zimbabwe por un dólar estadounidense en el mercado negro, pese a que el cambio oficial había sido fijado en 1:250. El Banco Nacional reaccionó ante la hiperinflación imprimiendo una fecha de caducidad en las nuevas series de billetes. Desde entonces, la situación ha empeorado aun más. La falta de combustibles obligó a interrumpir los servicios de recogida de basuras, lo que ha facilitado la diseminación de enfermedades contagiosas.
Una tercera parte de los doce millones de habitantes de Zimbabwe ha abandonado el país. Sólo en Sudáfrica viven al menos tres millones de refugiados, y cada día miles de fugitivos cruzan la frontera del país vecino. Alimentos tan básicos como la harina de maíz, el azúcar, el arroz o la leche sólo pueden adquirirse en el mercado negro, y muchas veces sólo a través de trueques directos. Los empresarios han ampliado a dos horas las pausas del mediodía de sus empleados, para facilitarles la laboriosa búsqueda de alimentos: survival hours, o "horas de la supervivencia", es como llaman los zimbabwenses a este nuevo "tiempo libre".
"Hace veinte años, Zimbabwe invertía todavía en el sistema nacional de salud", explica Ruskie, director del Community Working Group on Health. Luego, los programas de reajuste estructural del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial forzaron al presidente Mugabe a realizar importantes recortes en la salud pública. Desprovistos de puestos de trabajo y de medios de subsistencia, médicos, enfermeros y demás personal de salud se unieron al éxodo de quienes abandonaban el país para probar suerte en las naciones vecinas o en el Reino Unido. Zimbabwe forma parte de la Commonwealth, y el depauperado sistema sanitario británico, enormemente reducido tras varias privatizaciones, ha acogido con los brazos abiertos la llegada de personal médico competente y barato. Todavía en 1995 quedaban en Zimbabwe 900 médicos para atender a los once millones de ciudadanos del país. Entre quienes pese a todo han permanecido se encuentran los activistas del CWGH, médicos y defensores de los derechos humanos muy presentes tanto en las ciudades como en las regiones rurales que apoyan la creación de comités locales de salud. Una de las bases de su trabajo radica en la documentación del hundimiento casi absoluto del conjunto de infraestructuras sociales. También llevan a cabo labores de información sobre el sida. Entre un veinticuatro y un treinta y cinco por ciento de la población zimbabwense es seropositiva; la esperanza de vida ha pasado en una década de cincuenta y cinco a treinta y cinco años, y sólo un uno por ciento de los necesitados tiene acceso a los medicamentos necesarios para prolongar su vida.
Itai Rusike es consciente de las limitaciones que su organización tiene a la hora de actuar. "Lo único que podemos hacer es intentar amortiguar la catástrofe sanitaria".Eso no ha cambiado el ánimo de los activistas: "queremos que los recursos de que Zimbabwe dispone todavía se pongan al fin al servicio de sus habitantes". Por ese motivo, el CWGH ha apoyado una huelga de médicos, las protestas contra el incremento de las cuotas en la sanidad y, a comienzos de 2008, una campaña a favor de los derechos civiles con la que se pretende obligar al Gobierno a que reconozca los resultados de las elecciones.
Anne Jung
En 2007, Medico destinó 14.284 € al trabajo del Community Working Group on Health (CWGH).
