
Durante tres semanas viajamos por Mauritania, Mali y Senegal, siguiendo las vías de la huida africana hacia Europa. Hablamos con activistas pro derechos humanos, con grupos de autoayuda para desplazados y fugitivos en cayuco. Un sesenta por ciento de los habitantes de África tienen menos de veinticinco años de edad. Para muchos de ellos, la emigración, el objetivo de llegar a Europa de algún modo, es la última esperanza de futuro. El éxodo lleva a estas personas hambrientas de vida a las costas de Mauritania y Senegal, desde donde se lanzan a una peligrosa travesía hacia las islas Canarias a bordo de sobrecargadas barcas de pesca.
Otras rutas clandestinas del desierto recorren la frontera interior de Mali en el nordeste, cruzan el gran Sahel por el norte y llegan a las costas magrebíes. Pero la política fronteriza europea ha convertido el Mediterráneo en fosa común para miles y miles de estas personas. Medico ha encontrado en Mauritania y en Mali nuevas contrapartes dispuestas a defender los derechos humanos y la salud de quienes desean dejar atrás de una vez por todas la falta de perspectivas, el hambre y la violencia de sus países.
